Una imagen móvil del tiempo



     Harrison Ford es un policía que asesina androides demasiado perfectos en el futuro imperfecto de Los Ángeles, una ciudad ácida de cielo wagneriano y suelo de cloaca donde jarrea una eterna lluvia que destempla en sulfuro el desierto californiano que todos creíamos conocer. El clima, la ciudad, la humanidad, la gramática, el día, la noche... todo se ha convertido en una ensoñación ebria donde la luz es una mancha, y la mañana, el aborto de un crepúsculo enfermo. La noche se agita insomne y radiante de las deflagraciones de unas refinerías que escupen el fuego que alimenta unos coches que vuelan con la pose verduzca e irisada de las moscardas que viven de la carne muerta. La humanidad huye de la tierra o evoluciona inversamente hacia un poso mix en el que predomina la genética de una chinoiserie de pesadilla; los edificios vibran bajo la voz nasal de unas geishas virtuales que sobrevuelan los rascacielos engolfadas de pastillas que prometen arriesgados placeres químicos. Los mercados del futuro son como los zocos del pasado, y los ciudadanos regatean en Los Ángeles igual que en Tombuctú, entre avestruces artificiales, cobras transgénicas y biomoros dispuestos a venderte a su propia madre, o a fabricarte una nueva. Cada calle es un río de basura licuada y cada edificio un absceso ruinoso que supura clavos de miseria, lágrimas de fango y desesperanza moral. El sexo es un negocio ácido en el que las androides se contonean desnudas frente a sus creadores; o eligen peinarse como las pin ups clásicas para flirtear con sus asesinos.
     En Blade Runner los policías son más repugnantes que los delincuentes; los humanoides, más humanos que las personas, y la fauna, más artificial que los electrodomésticos.

     Blade Runner es muchas películas en una, muchas narraciones en una, muchos géneros en uno. Blade Runner es la película de un mundo sin emociones, donde cabe asistir a una de las historias de amor más bellas jamás filmadas y al estreno de un futuro nuevo, más atroz, más fascinante, más fatídico de lo que hubiera soñado jamás el más apocalíptico de los ecolotroncos. Blade Runner es un tablero donde cada escaque es una enfermedad degenerativa, y, por encima de todo, una metáfora del tiempo, esa idea definida por el viejo Platón como una imagen móvil de la eternidad. Ridley Scott expone su peculiar interpretación del concepto platónico y deja al espectador con la sensación de haber asistido a una obra de arte que trata sobre el tiempo, sobre un presente que llega lastrado por una historia amarga y preñado de un futuro que confunde la risa con la náusea. Blade Runner es una imagen móvil del tiempo rodada al ritmo épico de una banda sonora inmortal, y por eso es la película de mi vida, porque nunca he dado valor a otra cosa por encima de esa mala y breve copia bastarda de la eternidad que nos han concedido los dioses para que juguemos todos al ajedrez absurdo de un destino que, por fortuna, siempre sabe a demasiado poco.

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