La leyenda del Rey Shibi


Thanka de Buthan que representa escenas de la vida de Buddha


    Antes de nacer como Siddharta, el que habría de convertirse en Buddha, vivió muchas, infinitas, vidas. Oriente recoge las hazañas de estos bodhisattvas (lit. “Buddhas venideros”) en un corpus, el Jataka, que aglutina leyendas indias, tibetanas, chinas..., a cuál más empática, a cual más densa desde el punto de vista moral.
     Una de las más repetidas en las regiones del Himalaya budista (Nepal, Tíbet, Sikkim, Bután, Xinjiang) es la historia del  rey Shibi, que aquí versiono, con todo el cariño y el respeto que me merece este Evangelio:
Relieve en esquisto que muestra al Rey Shibi en el momento en que se corta su propia carne
Templo de Gandhara, Paquistán, finales del II d. C.

     "Muchas vidas antes de que el príncipe Siddharta llegara al mundo, su espíritu se encarnaba en el rey Shibi, quien gobernaba las montañas y los valles de Bután, ricos en manatiales, arroz, sándalo, higos, frutas del durian, miel silvestre, ciervos y hierbas medicinales. Un mañana serena y limpia del inicio del otoño, cuando la tierra reposaba satisfecha con la bendición de un monzón generoso, una paloma y un halcón se colaron por la ventana del palacio real. La paloma voló a refugiarse en el seno del monarca y le rogó que la protegiera de su enemigo. El buen rey Shibi sintió cómo su pecho se llenaba de compasión y prometió a la paloma que la protegería frente a sus enemigos, a lo que el halcón se postró a los pies del rey y le habló con voz firme y serena:

- Es muy fácil proteger una paloma, cuando tus actos no suponen ninguna renuncia para ti, ni para los tuyos. Actúas convencido de que tu compasión y tu compromiso te procuran un buen karma para tus vidas venideras; pero debes saber que, si ayudas a una paloma, te comprometes con todas, y con ello nos condenas al hambre perpetua a mis polluelos, a mí y a todos mis hermanos los halcones de las montaña.

     "El Bodhisattva, despertó a las razones que le mostraba el halcón e hizo suyo su dolor. Comprendió que había incurrido en ligereza al favorecer a la paloma. Supo también que no le cabía asesinar a otro animal para alimentar al halcón; ni podía, sin cometer injusticia, acudir a sus súbditos para que fueran ellos quienes protegieran a la paloma y alimentaran el halcón; porque era su voz la que había quebrantado la cadena de la vida y sólo él podía restablecer el equilibrio de la doctrina de la rueda del ser. Consciente de su responsabilidad, mandó traer una balanza, colocó a la paloma en uno de los platillos y, con un cuchillo bien afilado, comenzó a cortar trozos de su propia carne que depositaba en el otro platillo, con el fin de entregar al halcón tanta cantidad de su cuerpo como pesase la paloma, para que, con ella, pudiera alimentar a sus polluelos. La paloma, sin embargo, parecía extrañamente pesada, pues  el rey no hacía más que añadir más y más cantidad de carne; pero la balanza no llegaba a equilibrarse nunca.Al fin, cuando ya estaba a punto de morir, el halcón reveló su verdadera naturaleza: se trataba del dios Indra; mientras que la paloma resultó ser el dios Vishvakarma. Ambas divinidades habían descendido del cuarto cielo (la morada de los dioses) para probar la virtud del bodhisattva y recompensarla. El rey Shibi recuperó su carne y su sangre, y siguió gobernando a su pueblo con justicia hasta que, alcanzada la vejez, su alma abandonó este mundo y subió al cielo de los dioses, y perpetuó el ciclo de las reencarnaciones, porque todavía no había alcanzado la perfecta liberación y aún no se había convertido en el Buddha que habría de venir."
     Como todas las leyendas budistas, la del rey Shibi presenta una estructura ética laminada, delicada y ligera, como un hojaldre recién hecho. En una primera capa, esta parábola celebra la compasión por los seres más débiles; la segunda capa nos recuerda la fragilidad del equilibrio del ciclo vital; en la tercera capa, la leyenda de Shibi entrelaza la idea de justicia con la mirada compasiva y respetuosa de la vida en su conjunto; la cuarta capa nos advierte de que no hay favor que no pese, que la gravedad moral de una paloma conlleva un peso infinito y que cualquier intervención en el curso del mundo compromete al universo en su conjunto; la quinta capa se apoya en la anterior y hace referencia a la virtud política en cuanto tal, por cuanto nos enseña que el gobernante que protege a las paloma es un asesino de los halcones; la sexta nos muestra que la dignidad del gobernante no puede alimentarse de la carne de sus súbditos; y que el karma de los reyes no consiente el cumplimiento de las promesas al precio de la sangre de la nación.
Imagen de un Bodhisattva femenino,
Guan Yin, encarnación de la compasión
     No sé qué pensará el actual rey de Bután; pero tengo para mí que ningún bodhisattva alimentaría los halcones de la crisis a base de subir los impuestos. Más bien se cuidarían mucho de comprometerse con palomas de peso infinito, y, en todo caso, recortarían su presupuesto, su carne y su sangre, el tesoro arrebatado a la nación para que los gobernantes jueguen a ser dioses, y no dejarían quieto el cuchillo hasta equilibrar la balanza, que es lo que acrecienta el  buen karma y el progreso del reino todo.
    Y, desde luego, en este mundo positivamente desencantado ya no quedan sacerdotes capaces de hacernos creer que vayan a volver los dioses a restañarnos la sangre y la carne que perdamos en favor de nuestros reyes.

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