El encargado de distribuir el pan




      Convendrán conmigo en que las crisis se caracterizan, entre otras calamidades, porque nadie sabe quién las trajo, ni cómo quitárselas de encima. Bueno, la clerecía laica (formada por sindicalistas, comunistas, galligatos pedagógicos, cabildos universitarios y otros ángeles de luz...) sí que dispone de unos edificantes “análisis” de efecto balsámico: uno vocifera, por ejemplo, que “La Banca es la culpable de la crisis” y parece como si se te despejara la nariz de lo a gusto que te quedas. Pero lo cierto es que vociferar eso y nada es lo mismo, porque nadie sabe qué culpa concreta ha cometido la banca, más allá de buscar su propio interés, que es el de sus accionistas e impositores, lo cual no es malo de suyo, sino todo lo contrario. O si no, se lanza un anatema contra los mercados: "La culpa es de la avaricia de los mercados" suelta el “willytoledo” de turno, y nada más que por eso ya parece que el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada…; por más que tampoco sepamos bien qué significa eso de la avaricia de los mercados, salvo que todos, especialmente los “willytoledos”, buscamos ganar mucho y pagar poco; lo cual no sé si es malo, pero está en la naturaleza humana y hay que contar con ello.
      Sea como fuere, lo cierto y verdad es que el país entero se parece cada día más a un tebeo de zombis y esto está que mete miedo.  Cuando digo “esto” me refiero a España y a algún que otro país, porque una de las mentiras más recurrentes sobre esta crisis es la que proclama su globalidad. Antes al contrario, la mayoría de la humanidad está creciendo a ritmos sostenidos desde hace más de una década, y aquí podríamos citar a la mayor parte de Asia, Africa y buena parte de Europa y América, casi toda la humanidad, en suma, menos cuatro desgraciados. Pero volvamos a nuestro solar patrio, y a nuestros tics recurrentes; el primero de los cuales, precisamente, es buscar chivos expiatorios donde no los hay, ni individuales ni colegiados. Lo que nos ha metido en la crisis es un cúmulo de prejuicios ideológicos que han distorsionado el pensamiento y el quehacer de las administraciones, las empresas, los sindicatos, los partidos políticos, los agentes sociales y la opinión pública, no con la misma virulencia en todos los sectores; pero en todas las casas han cocido habas, vaya que sí, y de eso vamos a ocuparnos en éste y otros artículos, y ya empiezo.
      En realidad, ya he empezado. Reconocer que la crisis no tiene un culpable único (ni tan siquiera Zapatero) es ya dar un gran paso para salir de ella. No es un paso fácil, porque nuestro pensamiento tiende a enlazar cada evento con una causa, y esto en política remite siempre a un político concreto, o a un gobierno, o a la clase política general; pero, créanme, la crisis no se ha producido porque los políticos sean unos tales o unos cuales; la crisis no ha sobrevenido por falta de honradez o de bondad, sino por un exceso de intervención celosamente política, las más de las veces muy honrada y muy bien intencionada. El economista Paul Seabright cita con frecuencia a un oficial soviético consumido por la angustia al descubrir lo bien que funcionaba el sistema capitalista; especialmente, en lo que tocaba a la distribución de los productos de consumo, algo en lo que el socialismo y el comunismo realmente existentes fracasaban y fracasan estrepitosamente. “Díganme -suplicó el oficial- ¿quién es el encargado del suministro de pan para la población de Londres? ” La respuesta obvia (“No hay ningún encargado de tal suministro”) sumió al pobre oficial en la más absoluta de las congojas ideológicas. E incluso puede que alguno de ustedes se inquiete al percatarse de que el pan llega cada día a su casa sin ningún tipo de supervisión administrativa. Lo que les pido hoy a mis lectores es que entiendan que en la Rusia comunista el pan no llegaba a las panaderías (como no llega hoy en la Cuba socialista) precisamente a causa de que había una oficina política encargada de organizar su perfecta distribución. Y que en nuestras sociedades capitalistas no nos falta el pan gracias a que no hay ninguna oficina pública que organice su distribución. Y que el día que a alguien se le ocurra montar esa oficina, tengan por cierto que empezará a escasear el pan. Y como se pongan de acuerdo todos e “implementen” un “Plan estratégico del pan” consensuado con los sindicatos y con el Parlamento Europeo, tendremos que comprar el pan en Singapur. De modo que, si estamos en crisis será, con toda certeza y ante todo, porque ha habido demasiado político que se “implementa” encima, demasiada intervención administrativa en el mundo de las cajas de ahorro, en la organización de los mercados laborales, en la maraña de requisitos que se le exige a un ciudadano para levantar una empresa…, en todo, hasta en el cine, cada día más sin brillo, cada día más politizado, en tanto que cada día más dependiente de unas diecinueve líneas de subvenciones. Cuanto menos campo dejemos a la administración, más rápido saldremos de la crisis. Cuanto menos se legisle, más rápido será el crecimiento. El Estado no debe sino facilitar el encuentro entre el productor y el consumidor. Y cuando digo facilitar me refiero a que los políticos deben limitar su quehacer a vigilar que todos cumplan con las mismas pocas, claras, limpias y simples reglas de juego. Igual les suena raro esto; pero en artículos sucesivos, si tienen la bondad y la paciencia de seguirme, les iré explicando en qué consiste ésta especie de propuesta purgativa de salida de la crisis.

Esta entrada ha sido publicada en el diario "La Opinión" de Murcia, el 27 de septiembre de 2012

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