Bonnie Prince Charlie y el Carnicero de Cumberland


     El Príncipe Carlos Eduardo (1720 - 1788), más conocido como Bonnie Prince Charlie, “El Principito Encantador”, resultó ser el último aspirante al trono de Escocia que jugó sus cartas a vida o muerte. No piensen por ello que era un fanático de sí mismo; antes al contrario, Bonnie Prince Charlie pasó por ser, sucesivamente, una monería de bebé; un muchachito vigoroso que encendió un candil de esperanza a su dinastía y a la Escocia catolicona y tradicionalista; un noble desprendido y entregado a sus ideales, y un anciano borrachuzo, cuyo carácter dulce se matizaba por una melancolía derrotada y limpia de rencores.
Retrato de Bonnie Prince Charlie, a cargo de Antonio David.
National Portrait Gallery, Londres
     En cada una de estas etapas, Bonnie Prince Charlie consiguió despertar las simpatías de cuantos le conocieron, por su carácter soñador, su natural afable, su inteligencia vivaracha, su belleza de porcelana, su insólita humildad, y una especie de aureola de fracaso dulce, como si cada mañana que amaneciera en su vida le trajera la luz gastada y suave del ocaso del ayer.
Retrato del Carnicero de Cumberland
pintado por David Morier.
National Portrait Gallery, Londres
     El retrato de su Alteza Real el Príncipe William Augustus, Duque de Cumberland (1721 - 1765), del otro lado, nos muestra a un individuo sobre quien no se puede detener la mirada sin atribuirle alguna asquerosidad criminosa pendiente de resolver. Y, por lo que sabemos, la impresión de desagrado era mucho más fuerte al natural: el Duque de Cumberland, a diferencia de nuestro querido Bonnie Prince Charlie, supo ganarse la repugnancia de todos cuantos le rodearon, empezando por su primera nanny, su ama de cría, a quien sorprendieron destetándole por el procedimiento de untarse las tetas con zumo vivo de guindillas de Cayena; también se granjeó el desprecio de los oficiales que tuvo a su mando en su infame carrera militar; al Duque de Cumberland le gruñeron los perros durante toda una vida jalonada de infinidad de mezquindades, y, desde luego, fue sorda y hondamente odiado por el pueblo de Escocia, quien le aplicó el calificativo de Butcher Cumberland, “el carnicero de Cumberland”, por el que ha pasado a la historia, a raíz de su sanguinario comportamiento tras su victoria contra los partidarios de nuestro guapísimo Bonnie Prince Charlie en la batalla de Culloden.
    Porque la vida, en efecto, no siempre premia la Kalokagathia (ese código homérico que celebra una moralidad que se desborda en belleza), y no son pocas las ocasiones en que la suerte se muestra insensible a la excelencia del carácter. Tal ocurrió cuando el Príncipe Carlos Estuardo consiguió reunir un ejército de leales jacobitas dispuesto a morir por sus derechos dinásticos sobre el Trono de Escocia. La aventura resultó un desastre que culminó en la derrota de Culloden y en la masacre posterior encabezada por el sucio Carnicero de Cumberland, que por nadie pase.
    La historia, decimos, no se deja seducir casi nunca por lo angélico, y a nadie le extrañará que, en esta ocasión, la entrañable causa y el Ejército de las Highlands de Bonnie Prince Charlie saliesen malparados del encuentro con las tropas del Duque Carnicero. Tampoco supo convencer el aspirante al trono escocés al Consejo Calvinista del Central Belt, la región más densamente poblada de Escocia, en la que se encuentran las ciudades de Glasgow y Edimburgo. Ni, sobre todo (y esto nos interesa más) a los comerciantes, tomadores de seguros, banqueros, editores, historiadores, literatos, filósofos, abogados, etc. que formaban una clase social emergente, potente desde cualquier punto de vista, conectada a través de los dining clubs (unos modos informales de participación en la vida pública propios de la cultura liberal, ajenos y hasta contrarios a esas otras estructuras férreas de diseño leninista que son los partidos políticos que conocemos todos); una clase social ansiosa por disipar la influencia de la religión (católica, calvinista y la que fuere) en la vida política y académica, y deseosa de ilustrar al pueblo y de encauzar a un Imperio Británico unido y fuerte por la senda cierta del progreso.
     Bonnie Prince Charlie era un encanto de persona, una cumbre de lealtad hacia sus ideas y hacia sus súbditos, pero era un aspirante al trono afectado por un catolicismo político que pretendía resucitar un tradicionalismo que ya no cabía en las cabezas ilustradas de las clases medias escocesas. Por eso todos ellos apoyaron, muy con la mano en la nariz, la causa de Jorge II, defendida por su hijo menor, el Carnicero de Cumberland, y ahí fue la ruina del joven aspirante.
I. Markluin. Flora Macdonald con una miniatura
del Príncipe Carlos Eduardo Estuardo.
National Portrait Gallery, Londres

    La aventura de Bonnie Prince Charlie acabó en Benbécula (en la costa de las Highlands), el 27 de junio de 1746. Allí la señorita Flora Macdonald, ferviente partidaria del Joven Príncipe Estuardo, se embarca en un frágil bote de remo en compañía, aparentemente, de su linda criada irlandesa, con el ánimo de recorrer las 45 millas náuticas que la separaban de la isla de Skye, donde le esperaba un barco de mayor eslora que habría de llevarla a Francia. Decimos “aparentemente”, porque, en realidad, la criada no es tal, sino el Joven y Gentil Príncipe Carlos Eduardo, quien se tuvo que tragar las lágrimas y el orgullo para huir de su amada Escocia disfrazado de sirvienta irlandesa, en un bote menesteroso indigno de su sangre. El viaje entero fue un infierno, debido a las tormentas, que los obligaron a desembarcar una y otra vez; por el peso agobiante del secreto que envolvía y motivaba toda la malhadada aventura; por la melancolía abrumadora del que saborea en la juventud una derrota sin paliativos y sin resquicio a la esperanza; y también y sobre todo, por el temor a ser descubiertos por las patrullas del ejército implacable del Carnicero.
      Afortunadamente, el Joven Príncipe arribó, mal que bien, a Francia, donde inició un largo exilio que culminaría en la muy católica Italia, bajo la protección del Papa y la bendición de los vinos del Lazio.
    Todo ello para tristeza de nuestras almas de nata, harto acostumbradas a consumir narraciones hollywoodienses en las que los galanes guapos, nobles y esforzados salen vencedores en todas las batallas de la vida, incluidas las amorosas.
    Todo ello, sobre todo, para gloria de Escocia, que, gracias a que supo mantenerse unida a Inglaterra, pudo vivir un proceso ilustrado que le deparó un imparable progreso económico y una explosión académica y cultural de la que surgieron moralistas de la talla de David Hume o Adam Smith; historiadores como William Robertson; filósofos señeros, como Wlliam Reid, e ingenieros y descubridores como William Miller, James Watt o Graham Bell. Porque la mano de Dios gusta, en efecto, de escribir con renglones torcidos.

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