La pata de mono

A Miguel Ángel Blanes, porque me lleva frito y le quiero

     Me llama una compañera del trabajo y me dice que quiere leer algo condigno de estos tiempos de Halloween y Difuntos, y remata: “¡Pero que sea realmente terrorífico!”. De siempre me ha gustado disfrutar de los placeres de lo terrible, y tengo para mí que los miedos más intensos y menos controlables son aquellos que hermanan lo fantástico con lo cotidiano, así que busco por ahí y recomiendo a mi amiga un cuento de W. W. Jacobs, La pata de mono, una perla narrativa de la literatura británica de la época victoriana que  es gótico y sabio a la vez. El cuento habla de una familia modesta a cuyo poder llega un extraño talismán: una pata de mono momificada que vino de la India cargada de poderes mágicos que le permiten conceder tres deseos a cada uno de sus poseedores. El primer deseo que formula el padre de familia es sencillo y no parece esconder riesgos: quiere 200 libras, que piensa dedicar a pagar la hipoteca de la casa. Al día siguiente, el matrimonio recibe la visita de un empleado de la fábrica donde trabajaba el hijo. Un accidente con una de las máquinas ha segado la vida del muchacho, y la indemnización ofrecida por la empresa alcanza las 200 libras deseadas. La madre grita desgarrada y el padre pierde el conocimiento a los pies del emisario.



     No les cuento más por no destripar el asunto; Tan sólo apuntar que la familia intenta enmendarle la plana al destino mediante los dos deseos que le restan y eso desata una espiral de terror pavoroso.
     No conozco tradición literaria, ni folclórica, ni mítica, ni lo que quieran, que no guarde alguna historia parecida a ésta. Es como si toda la sabiduría ancestral que ha acumulado la humanidad nos advirtiera contra aquellos deseos que se levantan por encima de nuestros límites. Y sin embargo… Por más que los dioses, los sabios y las abuelas sepan que desear no tener en cuenta la realidad conduce irremediablemente a una abismo insondable, parece que estuviera en la naturaleza humana el querer ir más allá de nuestra condición. Igual es gracias a ese ímpetu que la humanidad progresa, no lo voy a negar; pero lo cierto es que la falta de prudencia es lo que nos estrella contra la historia, una y otra vez.
     La elaboración de una ley de presupuestos, por ejemplo, es uno de esos acontecimientos que despiertan los sueños infinitos de toda una nación. Los funcionarios quieren (muy legítimamente) que la ley contemple la dignificación de sus salarios; los aspirantes a funcionarios, como es natural, la convocatoria de plazas de oposiciones; los alumnos quieren más becas y mejor dotadas (¡y tanto mejor dotadas cuanto más suspensos tengan!); los médicos nunca terminan de ganar aquello que demanda la excelencia de su oficio y la finura de su condición; todos queremos que el Estado cuide (bien y mejor) a nuestros ancianos y dependientes; nadie niega que haya que aumentar el presupuesto de las bibliotecas y los museos; queremos que el AVE pare en nuestro pueblo y que no falten esculturas (a ser posible no demasiado enigmáticas) en las rotondas; queremos campañas turísticas flipantes; exigimos que las escuelas abran de sol a sol, o más, y que se pague lo que haga falta para que nuestros hijos crezcan allí felicísimos hasta que se casen, y ya puestos, que los case el maestro, y que no nos lo cuente; queremos dinero para campañas arqueológicas; subvenciones para la familia Bardem y para los locales culturales donde se cobija el lesbianismo difuso del Camerún; queremos terapia con delfines para los violadores que alegran nuestras cárceles; queremos auditorios (con sus respectivas filarmónicas) en cada aldea; queremos que se satisfagan las deudas históricas, todas las deudas y todas las historias; queremos desenterrar a Franco y volverlo a enterrar; exigimos que se desale la mar oceana; que la boina de mi abuelo sea Patrimonio de la Humanidad, por la gloria de su roña inmemorial; que se prohíba (y que se subvencione, también) la pesca, el ladrillo, los insecticidas, la banca, el beneficio, el humo, el dinero y hasta el metano de las flatulencias; queremos que Murcia no se venda, pero que se abone con las cagarrutas de una cabra sostenible y sostenida con fondos públicos, y que se abra (¡pero ya!) la Universidad de Villachipirrín del Ajo Tierno, porque esto es un agravio intolerable. Queremos cañones y mantequilla; sopa y teta... Lo queremos todo, lo queremos nuevo y lo queremos ya.
     Necesitamos un gestor de la hacienda pública con una pata de mono cargada de magia, un contable taumatúrgico que nos conceda todos nuestros deseos, para que gastemos lo que no tenemos, nos endeudemos en cascada, se dispare la prima de riesgo, las administraciones acaparen el crédito disponible, las empresas no cobren lo que el Estado les adeuda…, y ya tengamos montada una historia de terror que sobrepase lo imaginado en Halloween y cuya trama conocemos todos; pero cuyas lecciones no parece que terminemos de aprender. En fin, quizás en otra vida. O en otro continente. O en Suiza, al menos.

Esta entrada fue publicada en el diario "La Opinión" de Murcia, el 7 de noviembre de 2013

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