La dieta, el socialismo y los bocadillos de delfín

     Decía Vázquez Montalbán que la gastronomía es la única cultura inocente; o lo que es lo mismo, que los pucheros son los únicos mediadores culturales limpios de ideologías. Diez años hace que murió este genial escritor, que fue también un comunista acérrimo y un gran vividor, y me gustaría dedicarle esta reflexión, con cariño, con admiración, in memoriam.



     Cuando pensamos en la comida y en la cocina el adjetivo “íntimo” se impone: en latín, “intimus” es el superlativo de “interior”. El acto de nutrirnos supone incorporar los alimentos a lo más interior de nosotros mismos. Pero el establecimiento de la dieta es mucho más que eso. La cocina nos constituye como especie y como individuos; la aparición de los primeros alimentos cocinados impulsaron decisivamente el proceso de hominización; en torno a la mesa el niño se educa, y el adulto goza, seduce, festeja, se socializa y gestiona su salud personal. Además de íntima, pues, la cocina eclosiona y se resuelve en lo público, en algo decisivo para el individuo y puede que para la sociedad. Esta seriedad, unida a su carácter interior, ha provocado dos tipos de reacciones entre los filósofos. Los más liberales se aferran al carácter íntimo y consideran que ninguna instancia política reúne la legitimidad suficiente como para legislar sobre la dieta por encima de las apetencias de cada individuo. Otros, los más entusiastas con la ingeniería social, han entendido que la cocina es lo suficientemente importante como para reglarla políticamente. Entre estos últimos, se encuentran, naturalmente, los utópicos y muy especialmente los socialistas.
     El más destacado representante de los socialistas empeñados en organizar la dieta fue Charles Fourier (1772 - 1837) El proyecto político de este autor era conducir una transformación social que vendría gobernada por la “gastrosofía”, una ciencia nueva que combinaría la química, la agronomía, la medicina y, muy principalmente, la cocina. La confianza de Fourier en las posibilidades de esta nueva ciencia es prácticamente infinita. La nueva cocina cambiará al hombre de un modo tal que ningún proyecto le resultará imposible, hasta el punto de conseguir la transformación de los océanos en gaseosa, la sustitución de la guerra por certámenes culinarios, de la farmacopea por la dietética y hasta aparecerá un Hombre Nuevo dotado de penes gruesos, vigorosos, firmes, inagotables; así como de vaginas lustrosas, fragantes, lubricadas, firmes, mantecosas….
     El socialismo real también impregnó de ideología sus pucheros del hambre. Nicolae Ceaucescu, por ejemplo, aparece en la televisión rumana el 19 de octubre de 1981 para anunciar que la sobrealimentación amenazaba la salud pública, y dar inicio a una drástica racionalización de los alimentos que llevó la hambruna a capas amplísimas de la población. Unos meses más tarde, el régimen soviético, acosado por la misma crisis de producción y distribución, recomendaba a la población, vía informe del partido, “examinar cuidadosamente cómo, cuánto y cuándo debe comer para mantenerse sano, vigoroso, creador y apto para el trabajo, así como para evitar una vejez prematura.” (publicado por "Le Quotidien" de Paris, en su número de septiembre de 1982). 
     El General Franco, quien fuese un perfecto practicante del socialismo cristiano, también tuvo varios momentos político-gastronómicos. Por ejemplo, en la década de los cincuenta afrontó la “pertinaz” hambruna imperante en España a base de imaginación política: un buen día que navegaba en su yate se dio cuenta de que el mar estaba lleno de delfines, que éstos eran gordos y nutritivos, y que si los españoles pasaban hambre era porque no se les había ocurrido comer bocadillos de delfín. A resultas de este singularísimo razonamiento, lanzó una campaña nacional para que las madres dieran de merendar a sus hijos bocadillos de delfín. En fin…
     No quiero irme del artículo sin recordar a doña Ellen Henrietta Swallow Richards (1842 - 1911), una activista imbuida de socialismo owenista y obsesionada con la idea de que la clase trabajadora de los Estados Unidos se alimentaba mal y sin criterio. La señora Richards inspiró aquellas clases de Hogar que se extendieron por todo el orbe occidental y que resultaron sumamente populares en el tardofranquismo y la recién nacida democracia en que me eduqué. La asignatura era voluntaria, y enseñaba las normas de seguridad que rigen el uso de la olla exprés, la organización del menú de la semana, qué hacer con un ahorcado en casa (tal cual), a planificar la colada, y en este plan. Allí se nos insistía en que había que comer en familia; mientras que los socialistas porfiaban para comer en la comuna, rodeado de obreros bien sudados y mejor concienciados; porque, por más que mi admirado Vázquez Montalbán creyese lo contrario, las cocinas no han estado nunca limpias de prejuicios ideológicos.
     Es más, en realidad, a lo que iba yo a esas clases de Hogar no era, desde luego, a organizar mi hogar cristiano de acuerdo a los principios del socialismo utópico, sino a arrimarme a mis compañeras de bachillerato, que allí acudían pizpiretas, benditas y preciosas, mientras yo, granujiento, aborrescente y garcilasiano perdido, transitaba por la oscura región de sus olvidos; o eso quiero recordar. Pero ésa, ay, es otra historia.


Este artículo fue publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el 12 de diciembre de 2013

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