La Templanza

     La Dueñas, nuestra María, es una escritora leída (y querida) en todo el mundo. Su primera novela ha sido traducida a unos veinticinco idiomas diferentes (no sabe precisarlo ni ella misma) lo cual es signo de la variabilidad cultural de nuestra especie y sello de contraste que certifica que la narrativa de la Dueñas es de oro puro, lo diga la crítica, Agamenón o su porquero. Su última obra, La Templanza, tiene todos los ingredientes para convertirse en un éxito rotundo. Me la juego a que va a ser la novela europea más vendida en el mundo durante los próximos cinco años, porque su historia tiene el encanto de la primera, el trajín y la emoción de un buen folletón, y está escrita con más primor que ninguna de las anteriores: con un ambientación perfecta; con un léxico riquísimo, y unas cadencias y prosodias habaneras, gaditanas y tapatías que sirven con toda fidelidad a lo que narran, que es la clave de bóveda de una buena novela: trenzar bien la trama, eso lo primero, y emplear el lenguaje no como un fin en sí mismo, sino como un recurso riguroso y transparente para que la historia brille sin afeites y con sus colores naturales. Y la Dueñas lo borda. La veo en la Real Academia Española de aquí a nada: es filóloga competente, profesora universitaria y la escritora más leída de nuestra lengua, con lo que ya junta más méritos que muchos de los que ocupan asiento en la Docta Casa, y no miro a nadie.

     Todo esto, claro está, aviva no pocos pruritos en un país que construye su alma colectiva apilando envidias a criterio de unos pastores religiosos y laicos (y peor éstos que aquéllos) que quieren expulsar a los comerciantes del templo porque ven en el éxito la pezuña de Satanás. En La Templanza, por cierto, el éxito es el protagonista moral de la trama. De no ser el héroe un hombre entregado en cuerpo y alma a cultivar su ambición, la historia no iría más allá de lo que se cuenta en las tres primeras páginas. Un protagonista de este jaez (tan burguesazo, tan indiano, tan de salvar sus negocios, tan de casar a sus hijos con lo mejorcito, tan de recibir el aplauso de la sociedad…) tampoco resulta habitual en nuestra narrativa, que gusta de hidalgos melancólicos, pícaros famélicos, detectives borrachos, amas de casa ciclotímicas y putas tristes, como unas bragas sucias. En España, dicho de una vez, la Literatura, incluso la mayor, es el reino de los derrotados, de los pobres de espíritu y de los pobres de solemnidad, pero la novela de la Dueñas bebe más bien de ese universo moral tan inglés en el que los héroes son seres que hacen gala de una irrefrenable ambición personal y familiar, y que están dotados de unas excelencias de carácter entre las que destaca el tesón, la industriosidad, la tenacidad, el arrojo, el individualismo y un marcado afán de gloria y prestigio social. Y desde luego que España también contó con algunos de estos hombres. Fueron ellos los que levantaron ciudades como México, la Habana o Jerez, que son los escenarios donde se desarrolla la novela. Y fueron esas virtudes las que movieron las almas de los indianos, de los españoles y de los europeos del siglo XIX, esa época maravillosa en la que la Civilización se decidió por fin a gobernarse por la ciencia, por la razón, por el beneficio, por el comercio, por el trabajo, por el riesgo y por la libertad individual. Pero vivimos en un país cuyas brumas mentales oscurecen la fama de esos tiempos, esas ideas y esas gentes, y me admira nuestra María por haber sabido sacudirse el peso de nuestra peor tradición.
     En fin, me gusta esta novela de la Dueñas por muchas razones parecidas a las que me llevan a admirar ese viaje de ida y vuelta en el que unos comerciantes británicos aprendieron a envejecer el whisky de Escocia al amor de las viejas botas de los vinos de Jerez, de Sanlúcar y del Puerto de Santa María. Por amor al buen gusto. Porque la buena literatura también es un triunfo, como los buenos negocios, como las grandes soleras, como las maltas reposadas. Y porque la Templanza es una virtud antigua, delicada y de pecho firme, que llega como recompensa última a esos valientes cuyas vidas merecen figurar en un buen libro.

Lean también éste y otros artículos en el Canal de Libros del diario "La Opinión" de Murcia

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