Samael

     En 1935 Isaac Bashevis Singer, judío por los cuatro costados, abandona Varsovia y emigra a los Estados Unidos con la certeza de que Europa era una bomba a punto de estallar y una trampa irrevocable para él y los suyos. Reparen en que Singer se escapa cuando aún faltaban cinco años para el encendido inaugural de los hornos de Auschwitz. Quiero decir que este hombre fue de los pocos que vio venir de lejos y con toda claridad algo que aun hoy nos cuesta trabajo concebir.
     Bashevis Singer era un intelectual con los pies en el suelo, dotado de un carácter firme y bien templado, e incapaz de plegarse a negociar su libertad a cambio de nada, ni por el bien de nadie. En Nueva York trabajó como periodista en “The Jewish Daily Forward”, una cabecera que se imprimía enteramente en yiddish. No mantuvo muchos años su servidumbre en el periódico y muy pronto logró publicar una primera novela, Satán en Goray, que le reportó fama y dinero en el exigente mercado literario americano.
     A lo largo de su carrera, Bashevis demostró un notable talento a la hora de inventarse historias, y un fino criterio estético desde el cual abordar el ejercicio de su oficio, cuyos primeros postulados dejo aquí expuestos en sus propias palabras, dignas de ser grabadas con punzón de coral en el fondo de la pupila de todo joven que se inicie en el mundo de las letras: “La literatura de nuestro tiempo [los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero tanto y más valdría para hoy mismo] se ve acechada por los siguientes peligros: 1) La idea de que el escritor debe ser, además, sociólogo y político, a fin de amoldarse a eso que se conoce como la dialéctica social. 2) La codicia por obtener un dinero fácil y rápido. 3) La tentación de la originalidad forzada y a cualquier precio; esto es: la ilusión de que una retórica pretenciosa, unas innovaciones cargadas de afectación en el estilo y una utilización de símbolos artificiales son capaces de expresar la naturaleza básica y siempre cambiante de las relaciones humanas o de reflejar las combinaciones y complejidades de la herencia y del entorno. Una cosa es la imaginación y otra muy diferente la distorsión de lo que Spinoza denominaba ‘el orden de las cosas’. La literatura puede describir muy bien lo absurdo, pero nunca debe convertirse ella misma en absurda.”
     Igual se piensan ustedes que un autor con tanta metaliteratura entre pecho y espalda ha de resultar un pestiño; pero no. Bashevis es un narrador puro, ameno, divertido, chispeante, ingenioso, cercano, directo, original, tierno, perverso, seductor y que no se mira el ombligo jamás; a Bashevis se le lee con esa fluidez ávida y maravillada con que los niños escuchan los cuentos de siempre. Sólo que la literatura de Bashevis es muy para adultos, en el mismo sentido en que lo es la religión judía: porque se se hace cargo del mal; porque cree en la existencia del Mal, que en su obra se encarna en el Demonio, un personaje que aparece en casi todos sus cuentos y novelas.

     El Mal es eso, o ése, que lo mismo te diseña un procedimiento administrativo encaminado a exterminar al pueblo judío, que agarra a una muchacha dulce y sensata y la enamora de un perfecto gilipuertas, y viceversa. El Mal se despliega en lo macro, pero no renuncia a lo micro, ni deja a ninguna familia intacta. El Mal actúa con diligencia y liberalidad; no discrimina razas ni calidades, y hace gala de una cierta poética y de un humor afilado e irresistible. Hay mucho que aprender del Mal, desde luego. Así las cosas, cuando nos topamos con el Demonio en la obra de Bashevis nos las vemos con el más listo de la familia y ganas dan de sentarse a fumar con él y preguntarle por los nuestros. El diablo de Bashevis, por cierto, entiende el latín y domina el hebreo, pero se desenvuelve mejor en yiddish, que es una especie de alemán dulce, fragante y hogareño, como una trenza de challah recién horneada.
     Los rabinos y el Demonio se buscan las vueltas desde la noche de los tiempos, y por eso se tutean y se llaman por sus nombres más íntimos, que en el caso del Diablo es Samael, una palabra turbadora, extraña y sexi En realidad, Alemania entera, no sólo sus rabinos, tenía mucho trato con Samael, a quien metían en el cuarto de los niños; pero esa puerta terrible la abriremos la próxima semana. 

Artículo publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el día 12 de septiembre de 2015

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