El minucioso coito de las libélulas

Lafcadio Hearn (1850 - 1904) fue el primer estudioso que se ocupó de traer a Occidente noticias cumplidas y sensibles sobre la cultura nipona. Su Japón: Ensayo de interpretación resulta aún útil para introducirse en ese fascinante mundo opaco que es el japonismo. Entre mil y un detalles, Hearn se detuvo en la sensibilidad literaria con que la cultura japonesa trata el mundo de los fantasmas; también nos traslada la manera en que los japoneses se refieren a su mundo interior (kokoro), donde importan poco la tristeza o la alegría; aún menos la red de afectos mutuos con que los occidentales solemos referirnos a nuestro mundo social íntimo; pero, curiosamente, donde casi todo el peso recae sobre un entramado de deudas morales con que los japoneses parecen calibrar y orientar “desde dentro” su relación con el mundo social.
Una de las muchas libélulas que pintara el maestro Hokusai

     Unido a lo anterior, Hearn divulgó entre los occidentales el mimo estético con que la cultura tradicional japonesa aborda el conocimiento de los insectos. Lafcadio Hearn se fijó, sobre todo, en las libélulas, que son, también, los insectos más queridos por los niños y los poetas del Japón. Nos cuenta Hearn que uno de los antiguos nombres de Japón es Akitsushima, que significa “Isla de la Libélula”. El origen de este nombre está en una leyenda que recuerda cómo Emperador Jimmu (alrededor del 600 a.C.) subió a una montaña para contemplar sus dominios y manifestó con su voz divina a aquellos que le acompañaban que la Tierra era como una libélula poseída por el anhelo de lamerse su propia cola. Debido a esta venerable observación, Akikutshima pasó a ser una de las denominaciones oficiales del Japón, e incluso hoy en día este insecto (junto con la flor del crisantemo) constituye uno de los emblemas oficiales del Imperio.
     El caso es que, de entonces acá, los japoneses han poblado su literatura de libélulas, y no es raro encontrarlas revoloteando en mitad de sus relatos, poemas y representaciones teatrales. Ciertamente, la naturaleza es condigna con este celo simbólico. Los bosques, montañas y arrozales del Japón son riquísimos en variedades de libélulas: el Chûfusuzetsu, un venerable tratado de entomología sagrada japonesa, reconoce más de cincuenta variedades, que reciben nombres tan poéticos como “libélula venerable señor”, “libélula de dobladillo negro”, “libélula juez de los difuntos”, “libélula del honorable ennegrecimiento de los dientes”, “libélula del mensajero de la toga roja”, y en este plan.
     Los samuráis también integraron a las libélulas en su ética y llegaron a considerarlas un canon de ideal de vida: por su ligereza; por su fuerza (que contradice su aspecto etéreo y delicado); por su vuelo elegante, y, sobre todo, por su valor, que le lleva a enfrentarse a animales terribles mucho más grandes y mejor armados que ella. La libélula representa, también, el sable corto y veloz del samurái, la wakizashi, que se emplea para pelear en los templos y que duerme en la cabecera del guerrero. Incluso es común que la armadura entera imite el exoesqueleto de la libélula.
    Pero, por encima de cualquier consideración guerrera, los japoneses admiran de las libélulas sus virtudes amatorias. Las libélulas, benditas sean, practican un coito elaborado, minucioso, vibrante, adornado de temblores dulces y atenciones previas, esforzado, y, en general, revestido de una aparente ritualidad que no puede por menos de celebrarse en una cultura como la japonesa en la que cada gesto es sagrado. Y lo mejor del coito de las libélulas, lo más admirado por Japón, es su colofón: una vez que la pareja ha cumplido con el imperativo que le impone la memoria de su especie,  el macho, libre ya de toda tensión, coloca su cabeza bajo el sexo de la hembra, como quien venera una reliquia sagrada, y permanece ahí un buen rato, recuperándose, recibiendo en su boca y en sus ojos las tenues titilaciones postcoitales que le transmite su pareja, engolosinado por el perfume de sus feromonas, y, si me permiten la proyección, mostrando una actitud entregada, agradecida, embelesada, triunfante y feliz.


Artículo publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el día 12 de noviembre de 2016

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