Oz

Emitida por primera vez en 1997, Oz es un clásico fundacional, la primera serie televisiva que miraba el cine desde arriba, un canon que cambió nuestra manera de disfrutar de las narraciones fílmicas…; en fin, Oz es la repanocha y vengo aquí a recomendarles que no se la pierdan, siempre y cuando tengan el alma forrada de amianto, porque no es fácil de digerir: “Mataste a tus padres y te los comiste, ¿verdad?” –pregunta un preso a otro en uno de los episodios de la primera temporada, a lo que el compañero responde cariñoso- “No, no. Solo me comí a mi madre. Estaba guardando a mi padre para Acción de Gracias.” Les traigo este ejemplo, que no es el más ácido que recuerdo, para que entiendan que esta serie no es apta para menores de edad, ni para socialdemócratas, y perdón por la redundancia. “Oz” es el sobrenombre de un presidio donde tiene lugar un drama colosal: el que se surge cuando encierras juntos a tipos capaces de comerse a su padre el día de Acción de Gracias. Dentro de Oz hay una sección denominada “Ciudad Esmeralda” en la que un funcionario roussoniano y/o socialdemócrata pone en marcha un modelo de gestión nuevo y esperanzador que persigue no tanto el castigo, cuanto la redención moral de los presos. Al creador de la serie (Tom Fontana) se le nota la simpatía que siente hacia este personaje, el joven entusiasta que está al frente de “Ciudad Esmeralda”, y la trama se esfuerza para que el espectador empatice con este funcionario, lo cual es fácil, porque los socialdemócratas suscitan nuestra ternura, por la misma razón por la que nos ablandamos en presencia de los gatitos o de las monjitas; pero el desarrollo moral de cada personaje obedece a una coherencia trágica implacable, impermeable a la sensiblería; una lógica dramática que despliega la futilidad y la melancolía que minan la santidad del proyecto del funcionario socialdemócrata, e incluso la del creador de la serie, como si la trama se le hubiera ido de las manos a su autor por la pura fuerza de los personajes que viven en ella: nadie se redime en Oz, porque pocos quieren redimirse, y cuando alguno se deja llevar por el élan socialdemócrata y se pone en manos de la psicóloga, se topa de bruces con lo que sabía mi abuela: que el que nace redondo, no muere cuadrado. La psicóloga de esta cárcel, por cierto, es una monja socialdemócrata, lo cual demuestra un fino sentido de la armonía preestablecida por parte de los guionistas.

     Por lo demás, la serie está brillantemente interpretada; se mueve a un ritmo endiablado; mantiene en vilo al espectador minuto a minuto, episodio a episodio, temporada a temporada; contiene momentos de humor finísimo, y, en general, destila inteligencia por los cuatro costados.
     Un detalle: la estructura de la trama es la de un drama coral, una forma de narrar a la que estamos ya muy bien acostumbrados; lo original en este caso, lo innovador, es su vuelta al modelo clásico, pues el coro de Oz cuenta con un corifeo, ese personaje creado por los grandes trágicos griegos que tenía a su cargo la tarea de explicitar las ideas morales que se desarrollaban en el curso de la acción dramática. En el caso de esta serie el corifeo es un personaje de una riqueza insólita, interpretado por un Harold Perrineau en estado de gracia que se pone en la piel de un negro paralítico condenado a cadena perpetua que abre cada episodio con una reflexión despiadada que amuebla nuestra sensibilidad para dar acomodo a todo lo que vamos a ver y escuchar; un corifeo que presta su voz a unas divinidades perversas que juegan con los presos y con nosotros, un personaje que estoy seguro que les va a sorprender, a estimular y a fascinar a partes iguales.
     Otro detalle: “Oz” y “Ciudad Esmeralda” son voces en las que reverbera aquella novela infantil que por nadie pase: El maravilloso Mago de Oz, de un tal Frank Baum, un autor que hubiera pasado piadosamente desapercibido para el Espíritu de no ser por la celebérrima e insufrible película (El mago de Oz) protagonizada por Judy Garland y varios centenares de enanos que cantaban con una voces nasales que aún resuenan en mi cabeza desde la primera y única vez que los escuché. Y digo esto, porque en esta serie no hay espacio para el azar, de modo que podemos estar seguros de que si su autor quiere que evoquemos esta cursilada infantiloide es para que proyectemos sobre el telón de fondo de su alegoría edificante el vitriólico drama que tiene lugar en una cárcel en la que a nada que se te escurre el jabón en la ducha, se te engancha un tipo que nada tiene de enano cantarín dispuesto a dejarte el culo como la bandera del Japón, lo cual sin duda que constituye una metáfora mucho más atinada y respetuosa con lo que viene siendo la realidad de la vida y de la humana condición.

Este artículo fue  publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el día 28 de abril de 2018

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