Mundo zombi

    Las categorías que configuran el mundo zombi dan muchísimo de sí; por más que los zombis, en cuanto tal, no dan ni para pipas. Los zombis no tienen conversación inteligente (ni casi de otro tipo), huelen fatal, son desmañados, lentos, descoloridos, rencorosos, podridos, torpes, flojuchos y asquerosos a más no poder. Todo lo contrario de los vampiros, pongamos por caso, con quienes compiten en clara desventaja a la hora de ganarse al público amante de los placeres del miedo; pero de los vampiros (y de las vampiresas, mmmmmh) nos ocuparemos en otra ocasión. Los zombis, digo, no hay por dónde agarrarlos, son lo peor, y, sin embargo, el género que se ocupa de este tipo de seres cuenta con un público numeroso y fiel, y yo el primero. De ahí que me tome muy en serio la necesidad de ofrecer una respuesta medianamente racional a la siguiente pregunta: ¿Qué nos pasa a los aficionados a los zombis?  O mejor, por más impersonal: ¿Cuál es el secreto del género zombi? La gracia del (género) zombi no es, no puede ser, estética, sino más bien ética: un mundo poblado por zombis es un escenario que permite al narrador explorar de forma no edificante los más variados y esenciales problemas morales, tal y como ocurre en Descansa en paz, donde John Ajvide Naqvist (el mismo autor de Déjame entrar) construye su universo narrativo en torno a cuestiones morales de hondo alcance, de las que remueven los posos del alma del lector, como pueden ser la indagación de los límites de la piedad, o incluso la formulación del imperativo categórico aplicable cuando uno trata con este tipo de gente que carece de conversación inteligente y que resulta sumamente revulsiva.

     En realidad, esta es la cuestión moral básica que se plantea en las películas y novelas de zombis, dado que todos pasamos por la experiencia diaria de tener que tratar con seres nauseabundos, resentidos y que carecen del don de la palabra inteligente. Y, no hace falta que les diga, se trata de una experiencia radical, constitutiva, que por nadie pase; pero pasa, vaya si pasa.
   No obstante, mis historias zombis favoritas son aquellas que nos obligan a pensar en la política. Tal es el caso de Los muertos vivientes la novela gráfica firmada por Robert Kirkman y varios dibujantes, que son aquí lo de menos. Un tebeo que tiene millones de lectores por todo el mundo y que ha servido de base para una serie televisiva que ha sido un bombazo. Lo que le interesa a Kirkman es ver cómo evolucionan sus personajes individual y colectivamente en un mundo sin Estado alguno e invadido por unos zombis que responden perfectamente al modelo clásico. De lectura deliciosa (no así la serie televisiva, que resultó alicorta en todos los sentidos), Kirkman ha puesto sobre la mesa los grandes problemas de la filosofía política: los relativos al Estado de Naturaleza previo al nacimiento del Estado, por ejemplo; o la fijación de los límites de un Estado de emergencia.
     Bien pensado, el género zombi es una gran metáfora que alude con cierto humor (negro) al mundo. Quiero decir que si hacemos el ejercicio de leernos la sección económica de un diario actual y, acto seguido, nos ponemos con esta novela gráfica que aquí les recomiendo, nos va a parecer que la crisis económica se puede leer como una crisis zombi y Grecia se nos revelará como una colonia zombi perdida sin remedio, y comprenderemos que, por más que los zombis se mueven lentamente, al cabo, si no haces nada para remediarlo, te alcanzan. Intuiremos también que Europa está perdida, porque aquí no hay quien les cierre la puerta a los griegos, a los zombis, o sea, y que habría que refugiarse en un sitio donde se pudieran atrancar las puertas y las ventanas (y el sistema bancario, sobre todo): en Suiza, por ejemplo; o mejor en Singapur, porque en Asia parecen tener más temple, más carácter y más fibra moral a la hora de agarrar una buena pala y arrancarle la cabeza al primer zombi que se les arrime, sin contemplaciones. Aunque los asiáticos igual ya nos ven zombis a nosotros, y nos arreen con la pala en cuanto asomemos la gaita, porque no podemos ocultar que tenemos el cuerpo social y el sistema financiero lleno de marcas socialistas, que son pupas zombis; porque si hay un mundo zombi es el mundo socialista: Cuba y Corea del Norte son lo más parecido a un cuento zombi que hoy puede verse en el mundo real; por no hablar de la antigua URSS y sus satélites. ¿Se acuerdan de cómo llegaban los barcos llenos de albaneses a Italia? ¿Vieron la película LAMERICA? Puro mundo zombi. Más zombis que los zombis, si se me permite el anacoluto.
     Existen aún otras narraciones zombis que abordan otras cuestiones más, digamos, proactivas. Soy Leyenda por ejemplo, podría servir para explicar el método científico en la ESO, si es que en la ESO fuera dable explicar algo. Si es que la ESO no fuese en sí misma un mundo zombi, en el que los profes luchan a brazo partido para que no les coman los sesos. En fin...

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