Capitanes de sus almas (Holmes II)


     En 1876, un jovencísimo Conan Doyle iniciaba sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo. El bullicio cultural, la intensidad intelectual que se vivía en aquella ciudad no encuentra parangón en la historia de la humanidad, salvo, quizás, en la Viena de Wittgenstein. Para hacernos una idea, sólo en el campo de la medicina, en el quicio de los siglos XIX y XX, el Edimburgh Infirmary alojó en su seno a alumnos o profesores de la talla de Alexander Wood, quien inventó la aguja hipodérmica; el doctor James Young Simpson, quien descubrió el uso del cloroformo como anestesia; el doctor Joseph Lister, pionero de la cirugía antiséptica; Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, Charles Darwin, que no necesita mayor presentación; los primeros departamentos de oncología, de radiología….; podemos afirmar sin exagerar, pues, que la medicina y la biología modernas fueron en sus orígenes unos productos tan escoceses como el whisky, y lo siguen siendo hoy, cuando acaban de clonar a la oveja Dolly.
     Pero no me quiero apartar de Conan Doyle, aunque ya se me está yendo esta entrada de las manos, ni del momento en que el padre literario de Sherlock Holmes ingresa en la facultad de medicina, donde pudo disfrutar de las enseñanzas y de la compañía de los más grandes de su tiempo; pues bien, la cumbre de ese firmamento, el maestro de los maestros de la medicina escocesa de finales del XIX, fue, sin lugar a dudas, el Doctor Joseph Bell, el viejo amigo a quien citaba Stevenson en aquella carta que dedicó a Sherlock Holmes. No debería entrar a contarles quién era este tal doctor Bell sin antes comentar, siquiera sea por encima, la influencia que tuvo este médico genial en la literatura de Stevenson (ya habrá tiempo de volver con Holmes).

Un cementerio de la época victoriana, en Edimburgo  

     Por ejemplo: uno de los mejores relatos de Stevenson, El ladrón de cadáveres, se basa en las aventuras y desventuras que pasaba el doctor Bell con sus “proveedores” de cuerpos para sus autopsias didácticas. Era tanto el éxito de las clases de Bell, tantos los alumnos y tantos los cadáveres que diseccionaba, que el Edimburgh Infirmary pagaba la considerable fortuna de 20 libras esterlinas por cada cuerpo. El resultado fue un floreciente comercio negro, deliciosamente gótico, que desenterraba los cadáveres “frescos” (con menos de cinco días) de las tumbas para vendérselos al doctor Bell y a sus compañeros, hasta el punto de que los historiadores de Edimburgo sostienen que no hay en toda la ciudad una tumba de aquella época que no esté vacía, salvo la de aquellos ciudadanos que enterraron a sus parientes envueltos literalmente en jaulas de hierro (mostrando un prudente celo familiar a la par que una reprobable actitud anticientífica)
     Y no quedó ahí la cosa: me muero por soltar este pequeño cotilleo literario: la idea de la que nace el personaje de Long John Silver, el vital y carismático pirata de La Isla del Tesoro, tuvo su origen en el trato con uno de los pacientes y amigos del doctor Bell, el escritor y editor William Henley, un hombre singularísimo, a quien Stevenson visitara a diario durante casi un año (se llevaba la silla a cuestas desde su casa, en la otra punta de Edimburgo, porque el hospital no proporcionaba asientos para las visitas), el tiempo que requirió para recuperarse de una tuberculosis ósea y de la subsecuente amputación de una de sus piernas. En esos meses de sanación, de curas terribles en las manos del doctor Bell y de otros cuantos buenos médicos, bajo el peso de unos dolores y unos sufrimientos que hoy nos resultan inconcebibles, William Henley escribió uno de los poemas más inspirados y conmovedores de la literatura en lengua inglesa. Su título, Invictus, les recordará a una soberbia película de Clint Eastwood, con guión de John Carlin, que, efectivamente, toma el título de este poema maravilloso que aquí les dejo, tal cual lo parió su autor, en un inglés sencillo y vibrante, porque así ha inspirado a generaciones de hombres valientes, entre ellos al doctor Bell, a Conan Doyle, a Stevenson y a Nelson Mandela.

          Out of the night that covers me,
     Black as the pit from pole to pole,
     I thank whatever gods may be
     For my unconquerable soul.
     In the fell clutch of circumstance
     I have not winced nor cried aloud.
     Under the bludgeonings of chance
     My head is bloody, but unbowed.
     Beyond this place of wrath and tears
     Looms but the Horror of the shade,
     And yet the menace of the years
     Finds and shall find me unafraid.
     It matters not how strait the gate,
     How charged with punishments the scroll,
     I am the master of my fate:
     I am the captain of my soul.

     Digo que no se lo traduzco, pero sí que les cuento, para los que no disfrutan del inglés, que habla de la noche del alma, y de cómo la vida nos envía fantasmas que nos meten la selvatiquez, y de los cepos que nos pone el dolor, y del paso de los años, y de que, al cabo, nada vence al poeta, ni al lector, ni a mí, porque soy el amo de mi destino; porque soy el capitán de mi alma. Reconozco que el poema me llena de sangre las arterias del espíritu, pero así es la lírica.
     Entenderán que les haya dejado con las ganas de oírme hablar de Conan Doyle y de las mañas del doctor Bell, y de la relación entre uno y otro; y de cuánto influyó en Sherlock Holmes…; pero es que la vida cultural en el Edimburgo de estos años es un buen ejemplo de eso que Platón llamaba la symploké de las ideas, en el que se dan cita los mejores escritores, los mejores geólogos, los mejores ingenieros, los mejores químicos, los mejores inventores, los mejores filósofos….; todos ellos capitanes de sus almas que acuden a los mismos bares, comparten cerveza y whisky, disfrutan de las mismas tertulias, de las mismas lecturas…
     Y en qué me he visto para no traer aquí la amistad de Conan Doyle con los ingenieros que se ocuparon del alumbrado público de Glasgow y de Edimburgo. Y por eso se me ha colado la oveja Dolly, sin que nadie la invitara.

Aquí la tienen, por fin: la oveja Dolly, tal cual posa disecada en el National Museum of Scotland

     Y para qué contarles lo que me hubiera gustado hablarles de un Dining Club que nació en el siglo XVIII, en Birmingham, la Lunar Society, por donde pasaron figuras del relieve de Benjamin Franklin, Erasmus Darwin, Joseph Priestley…, cuyo aliento late por encima de cada una de estas figuras de finales del XIX. Porque así se entretejen las ideas, y configuran el sentido del discurrir del Espíritu y la libertad de los hombres (de los hombres que quieren ser capitanes de sus almas) y el progreso de las naciones.
     Pero les prometo que en la próxima entrada ya les cuento algo más de este doctor Bell, y por qué figura en el prólogo de uno de los relatos protagonizados por Holmes, y qué relación tuvo este doctor con Jack el Destripador y, atentos, que ésta es la mejor: qué tiene que ver el viejo, gordo, sabio y buen David Hume en todo esto, que por nadie pase lo que mueve la recta Filosofía.

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