La duda de Stevenson (Sherlock Holmes I)


     En 1893, Robert Louis Stevenson recibe en Samoa un paquete remitido por su librero de Edimburgo con las últimas novedades de Conan Doyle, a quien escribe una carta al respecto: “…Permíteme que te felicite por la publicación de las interesantísimas aventuras de Sherlock Holmes. Es la clase de literatura que aprecio cuando me duelen las muelas… Sólo tengo una duda: ¿Este Holmes es un trasunto de mi viejo amigo Joe Bell?”
Estatua de Sherlock Holmes, en Edimburgo

     Quiero creer (y espero no equivocarme en este pequeño acto de fe) que las palabras de Stevenson no esconden desprecio alguno. Sabemos de la buena amistad que existía entre ambos autores, de su admiración mutua, de su complicidad intelectual…, y haríamos bien si entendiéramos esta carta como una expresión amigable de un humor muy británico. Además, si algo tengo claro es que las narraciones protagonizadas por Sherlock Holmes son Literatura en Tono Mayor, en el mismo sentido y dirección en que lo son las obras de Stevenson: no la de servir de escaparate para el lucimiento del autor, ni de taller de vanguardias expresivas, sino la de producir la mayor felicidad posible en el lector.
     Tal vez alguien encuentre exagerado que compare El perro de los Baskerville con El extraño caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde, por ejemplo; porque a cualquiera le resulta evidente la mayor calidad imaginativa y literaria de Stevenson, obra por obra, y casi que diría página a página. Ahora bien, si pensamos en el ciclo de Holmes como en un todo, Conan Doyle nos parece un coloso literario. Me refiero a lo siguiente: supongamos que cada época haya producido, al menos, un héroe literario que la defina: Odiseo encarnaría la Grecia Presocrática; Arturo, la Alta Edad Media; Lázaro de Tormes, el Barroco; el joven Werther, o tal vez el Conde Drácula, el romanticismo…, y en este plan. Pues bien, si tal fuera el caso, tengo para mí que Sherlock Holmes representaría el positivismo postromántico que eclosiona entre los siglos XIX y XX, que es, sin ningún género de dudas, la edad de oro de la Cultura Escocesa y del Imperio Británico, en general. Sólo por eso, Conan Doyle merece entrar en el libro de oro de la Gran Literatura Universal. Pero es que aún podemos ir más lejos y afirmar que ningún otro personaje de la historia de la literatura resulta tan encantador como él, incluyendo a nuestros muy queridos Quijote y Sancho, al Príncipe Hamlet, a Harry Potter (otro producto escocés), o a quien quieran. La pareja formada por Sherlock Holmes y el doctor Watson ocupan la cumbre absoluta de la popularidad literaria universal, y no sin motivos, por cierto, y cito unos cuantos: un irresistible hálito romántico que lo mantiene permanentemente entre desubicado y desinstalado (escocés en mitad de Londres, londinense cuando viaja a Escocia, burgués entre los aristócratas, elitista entre los burgueses...); también nos atrae el equilibrio inestable que mantiene ente la frialdad de su cerebro y esa suerte de fragilidad sexual que muestra cada vez que se topa con una dama atractiva; y la cotidianidad con que maneja las ciencias naturales, especialmente la Química; o su talento sobrehumano para la percepción del detalle; y el aire cálido y deliciosamente burgués de su mansión en Baker Street; la saludable inquietud intelectual que manifiesta en todo momento; la liberalidad con que consume cocaína (en una solución al 7 %, lo cual, al decir de los expertos no es grano de anís); la firmeza con que abandona ese hábito cuando su amigo Watson elude toda la argumentación paternalista sobre los estragos que produce el alcaloide y le insinúa que su dependencia de la droga socava los fundamentos de su libertad (cfr. El signo de los cuatro); su desdén por lo novelesco, combinado con la fidelidad con que relee a Cicerón, a Julio César, a Goethe o a La Rochefoucault; su amor por la música de cámara (practica a diario y siempre a deshoras con un Stradivarius) su aplicación fresca y resuelta del proceder inductivo (frente a la pesadez deductiva, cartesiana, continental del comisario Maigret, por ejemplo)… En fin, ¿quién no ha soñado alguna vez poder compartir el té de las cinco con este maravilloso detective? Y tanto más si uno se siente atraído por ese fecundo y libre torrente moral y cultural que es el liberalismo: al cabo, Holmes ha convertido su lucha contra el crimen en una actividad privada y muy bien remunerada, que siempre actúa al margen, cuando no claramente enfrentada, al procedimentalismo encorsetado de los agentes zapatones que el Imperio alberga en Scotland Yard.
     No es por casualidad, por cierto, que esa idea de ofertar en el mercado las habilidades investigadoras personales surgiera en la Escocia de la segunda mitad del XIX, donde la cultura liberal es el suelo fértil en el que crece la clase media que dirige la nación.
     De hecho, el primer detective privado de la historia fue un escocés: Allan Pinkerton (1819 -1884), uno de los miembros más destacados del cartismo escocés (una de las manifestaciones políticas del liberalismo), que acabó emigrando a los USA, donde montó una agencia privada de detectives, la primera del mundo, que cobró una importancia colosal en la historia de los Estados Unidos.
Logotipo de la Agencia Pinkerton

     Aunque esa es otra historia, que no descarto reseñar algún día, pura y simplemente  porque tiene molla gozosa; porque se me está agotando el aliento bloguero y no les he hablado del verdadero anclaje que Sherlock Holmes tiene con el mundo real, que no es este Pinkerton, sino aquel Joe Bell al que se refería Stevenson en la carta que citábamos más arriba; pero éste es el misterio más íntimo de Conan Doyle y prefiero no desvelar hoy un enigma por el que también pasea Jack el Destripador. Mejor lo dejamos para una próxima entrada, donde se revelarán sucesos extraordinarios y pensamientos insólitos, y que espero que ustedes aguarden con algo de la ansiedad con la que en su día quisimos saber quién era el asesino de la desapacible mansión de los Baskerville.

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