El Estado y los pucheros (I)



     Cuando el Espíritu era joven, la política reunía a los varones en el ágora, en el foro..: en lo público siempre y por definición; del otro lado, la cocina era un asunto femenino, íntimo y doméstico, también per se. De entonces acá, afortunadamente, el Espíritu se ha espabilado y ha metido a los chicos en la cocina y ha sacado a las madres a la vida pública, e incluso, y esto es lo más moderno, ha inventado los restaurantes para, entre otras cosas, servir de punto de encuentro de hombres y mujeres con vocación de ejercer la política de un modo no soliviantado. Es más, si me apuran, puedo llegar a pensar que la función principal de los restaurantes no es celebrar comuniones y tal, sino oficiar la política de un modo más amistoso y feliz.
     En  Francia, que es siempre un buen referente, los restaurantes surgen en el XIX para que la naciente burguesía urbana viva una experiencia semejante (en versión petite y honnête) al banquete galante que había disfrutado la aristocracia del Ancien Régime; y una vez que los burgueses se vieron en toda su grandeur frente a las vajillas de Limoges, las cuberterías de plata rusa y los grandes claretes de Burdeos, se comportaron exactamente igual que la clase a la que habían desalojado del poder: gobernaron, negociaron y flirtearon en torno a la buena mesa.
     En el Reino Unido las tabernas ya llevaban un par de siglos reuniendo a los comerciantes, aseguradores, navieros, juristas, filósofos, médicos y, en general, a toda la clase industriosa que fue la causa y el efecto de la construcción del Imperio. Tanto es así, que cualquiera que estudie el surgimiento del pensamiento liberal inglés y escocés, se topará una y otra vez con la presencia de estas tertulias en torno al café (en un principio, luego fue el té), al whisky, al haggis y al roast beef que fueron el escenario en que surgieron todas esas ideas maravillosas que tanto progreso y tanta libertad trajeron al mundo.
     En todo lo que tiene que ver con la Ilustración y con la cultura liberal, nuestra tribu celtibérica tiende a dar los pasos más cortos y más rústicos que el resto de Europa; pero, afortunadamente, también llegó a nosotros esta moda de hacer política en torno a la buena mesa. Por ejemplo, el restaurante madrileño Lhardy (qué delicia de caldo de cocido: limpio, dorado y con olor al mejor Madrid), fundado por un francés en 1839, guarda memoria de no pocos conciliábulos políticos que se celebraron en sus salones y los historiadores nos aseguran que allí se cocieron muchas de las conjuras que los buenos liberales madrileños trabaron contra el absolutismo de Fernando VII. También guardan los herederos de Lhardy (y lo enseñan a nada que uno suplique) un corsé olvidado en uno de los reservados de la casa por su Majestad la Reina Isabel II en una velada que pasó en los firmes brazos de uno de sus oficiales favoritos, cumpliendo con un modo muy borbónico de gobernar sudando la entrepierna por el bien de España, ante todo, y de la Dinastía, también.
     Cerca de Lhardy, en 1860, abría Casa Labra, una buena taberna en la que todavía sirven un bacalao frito que es puro nácar y gelatina y mar del Norte; pues bien, en este local Pablo Iglesias fundó, entre croquetas y vino de pellejo, su Partido Socialista en 1879, y en su salón trasero preparó ese discurso parlamentario en el que se dirigió a don Antonio Maura en estos términos de turbia sintaxis y lóbrego sentido de la moralidad:  “Nosotros los socialistas debemos comprometernos para derribar este régimen. Tal ha sido la indignación por la política del Gobierno del Sr. Maura en los elementos proletarios que nosotros hemos llegado al extremo de considerar que antes de Su Señoría suba al Poder debemos ir hasta el atentado personal” (La intervención completa la pueden leer en las págs. 439-443 del Diario de Sesiones 7-7-1910) Esto lo dijo el señor Iglesias justo antes de que Maura sufriera un segundo atentado en Barcelona, de modo que, por una vez, el socialismo español no mintió.
     En la España que nos ha tocado disfrutar (y digo “disfrutar” con toda la intención, porque entiendo que el mío es un excelente país para vivir) los restaurantes siguen actuando como centros de la vida política. Recuerden, por ejemplo, esa noticia tan chocante que contaba que en un restaurante barcelonés una diputada del Partido Popular se había encontrado con un micrófono en un florero; no voy a dedicarle ni mucho ni poco a este asunto, porque me tendría que poner muy guarrindongo para estar a la altura de semejante modo de hacer política, y no es plan. Prefiero ofrecerles una pequeña guía que les permita distinguir, casi que desde la puerta, si el restaurante, en sí mismo, es un local de la derechona, liberalote, pijoprogre, alternativo y en este plan; pero eso lo voy a dejar para otro artículo, porque el tema me gusta y no quiero gastarlo todo hoy. De momento, ya saben que el Estado también se pasea entre los pucheros, lo cual está la mar de bien.

(Este artículo se ha publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el 16 de mayo de 2013)

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