El precursor del CSI (Sherlock Holmes III)


     Cuando Joseph Bell (1837 - 1911) inició sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo sabía que satisfacía una vocación a la vez que cumplía con una tradición familiar que tuvo su origen en su bisabuelo, el doctor Benjamin Bell (1749 - 1806), a quien se considera uno de los padres de la cirugía médica (i.e., uno de los primeros médicos que supo sistematizar de modo científico unos conocimientos y unas prácticas que, anteriormente, formaban parte del oficio de barbero).
     El joven doctor Bell, pues, se especializó en cirugía, y llegó a alcanzar tal maestría que no tardó en ganarse el nombramiento de cirujano personal de la Reina Victoria, en aquellas temporadas en que su Majestad Imperial residía en Escocia, que no fueron pocas; por cierto que algún día tengo que contarles algo de las circunstancias en que la Reina Victoria se enamoró de Escocia, porque es uno de esos episodios hermosos de la historia de Europa que me carraspea en la memoria de los conocimientos inútiles, que son los que nutren este blog. No es el momento, sin embargo y además, no fue su labor como cirujano real la que más me interesa del doctor Bell, sino su más íntima vocación: la medicina forense, precisamente la especialidad que fascinó al estudiante Conan Doyle cuando asistió a su primera clase del profesor Bell en el Edinburgh Royal Infirmary, en 1877. En efecto, el autor de Conan Doyle tuvo el privilegio de asistir al alumbramiento de la criminología científica, una ciencia nueva a caballo entre lo policial y lo quirúrgico, que operaba en dos ámbitos: la escena del crimen y la mesa del anatomista; entre ambas actuaciones, dictaba el doctor Bell, el investigador médico debería ser capaz, mediante el ejercicio de su ciencia, de reunir el noventa por ciento de los datos que condujeran a la reconstrucción inductiva de un asesinato y que sirvieran como pruebas concluyentes ante un tribunal libre de prejuicios y respetuoso con las garantías procesales del reo.
Jack The Ripper perseguido por los investigadores del Yard y por el afamado doctor Bell,
tal y como aparecía en una ilustración de la prensa de la época

     El propio doctor Bell participó en algunas de estas investigaciones, la más famosa de las cuales ya se la vengo anunciando: el caso de los crímenes de Whitechapel, la búsqueda del escurridizo Jack el Destripador. Sabemos bastante de estos asesinatos, aunque nadie termina de tenerlas todas consigo. Les dejo aquí este enlace en donde podrán ampliar sus conocimientos sobre el papel que jugó el doctor Bell en la investigación sin necesidad de molestar al archivero de Scotland Yard. A nuestros efectos, quisiera recordar un dato no demasiado iluminador, pero sí sumamente sugerente: los crímenes de Whitechapel cesaron en el mismo momento en que se supo que el doctor Bell participaba en la investigación. El propio doctor Bell, como buen discípulo de David Hume, nos habría advertido contra la tentación de establecer demasiado alegremente un nexo causal entre su la llegada a la investigación y el fin de la actividad del asesino; pero, realmente, cuesta no presuponer algún tipo de relación entre ambos acontecimientos. Y, por qué no, cabe dejar volar a la imaginación, la loca de la casa, y dibujar en nuestras almas algunas historias negras y hasta góticas sobre ese oscuro lazo que pareció surgir entre ambos personajes: ¿era el asesino un discípulo del doctor Bell? ¿Llegó a descubrir el Cirujano de la Reina al Destripador, pero se topó con que se trataba de un personaje cuya culpabilidad no podría hacerse pública sin que se tambaleara eso que se suele llamar la Razón de Estado?
    Ni lo sabemos, ni lo podremos saber nunca. Sí tenemos la certeza, sin embargo, de que había algo más que habilidades quirúrgicas en el carisma de Joe Bell. “La enfermedad es como un criminal al que debemos descubrir y reducir. Por ejemplo, todos ustedes se habrán dado cuenta de que nuestro paciente de hoy es un veterano de la guerra de Crimea y de  que es allí donde se encuentra la raíz de la enfermedad que padece y la clave de bóveda que conducirá a su curación, ¿no es así, caballeros?” Pero lo cierto es que nadie sabía conducir su razón desde el paciente al frente de Crimea y mucho menos comprender el curso de la enfermedad…, salvo el propio doctor Bell, de quien todo Edimburgo decía (y llegamos al núcleo del carisma) que llevaba razón incluso cuando se equivocaba: “No teman distraerse con lo accesorio: abran del todo sus sentidos y déjense atrapar por lo evidente; desconfíen de lo demasiado notorio, porque puede resultar impostado; no abusen de su imaginación, que puede llevarles demasiado lejos y perderles; dejen que lo accesorio se desprenda solo, como las hojas muertas; aprovechen sus horas en la biblioteca para adquirir conocimientos que les permitan establecer conexiones pertinentes; no teman formular y anotar una multitud de juicios temerarios, siempre que cada uno de ellos se base en observaciones ciertas; eliminen, por último, aquellos juicios que resulten imposibles, y es ahí, en ese resto que les queda, donde encontrarán la verdad.”

Portada de una de las historietas protagonizadas por el doctor Bell,
quien ya ha alcanzado la grandeza mítica suficiente como para pasar al cómic

     Los lectores de Conan Doyle habrán reconocido en estas palabras inequívocos ecos holmesianos; en efecto, los alumnos de Bell y los lectores de Holmes sabemos que nuestros admirados investigadores no yerran ni cuando se equivocan, porque el método, el camino, se hace explícito, procede con rigor, claridad y sensatez, y siempre lleva a un puerto seguro, por más que muchas veces no sea el esperado. Un método, que aquellos de mis lectores cuyo colmillo filosófico esté mínimamente afilado por un buen bachillerato habrán reconocido como una especie de epígono forense y policiaco del Empirismo, una Filosofía tan inglesa (John Locke) y tan escocesa (David Hume), tan británica, en suma, como el té de las cinco, que ha enseñado al Espíritu a respetar con prudencia los límites de nuestro conocimiento; a ser eternamente fiel a nuestras dudas; a no construir verdades que vayan más allá del humilde y falible testimonio de los sentidos; a cuidar del Bien, que es siempre frágil, plural e inmanente; a vencer la nostalgia del Absoluto; a mantener las creencias en el ámbito de la privacidad y a administrarlas con tolerancia; a huir de toda coartada teológica; a tomar conciencia plena del carácter insobornable de nuestra libertad individual; a desconfiar del Estado, del Poder y de la ingeniería social; a confiar, en cambio, en la educación como factor de movilidad social; a respetar la diferencia; a valorar el mérito, la capacidad y el esfuerzo; a considerar el trabajo, el comercio y la educación como las fuentes más ciertas del progreso de los ciudadanos y de las naciones; a consagrar la igualdad de todos ante la ley, y a fundamentar la moralidad en la alegría sincera de nuestras emociones.
     El Empirismo es la razón por la que el doctor Bell acertaba incluso cuando se equivocaba; porque se trata de la Filosofía que trabó el clima cultural y la red conceptual que posibilitaron que en Escocia se organizasen los mejores sistemas educativos de la historia; que investigaran y ejercieran los mejores médicos de todos los tiempos; que se consolidara una ingeniería civil que alumbró las principales ciudades de Europa y de América, y diseñó faros, canales y puentes que fueron la admiración de las naciones; que triunfaran unos inventores que hicieron posible la máquina de vapor y la revolución industrial en su conjunto; que la biología cobrara consciencia de que existe una evolución de las especies; que llegásemos a medir la verdadera edad de nuestro Universo, y que la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América inventasen una forma de gobierno basada en el respeto y la garantía de las libertades individuales.
     Y, desde luego, al Empirismo británico le debemos, también, la eclosión de la ciudad más literaria de este mundo: la vieja y húmeda Edimburgo, en cuyas calles, aulas, tertulias y garitos encontraron inspiración los escritores que nos regalaron la felicidad de las aventuras protagonizadas por el Señor de Ballantrae, Ivanhoe, Sherlock Holmes, Harry Potter, John Rebus y tantos y tantos personajes e historias que alivian, refrescan y ensanchan nuestras vidas.
     Ahora entenderán ustedes por qué me he atrevido a relacionar el Empirismo con los orígenes de la novela policiaca; por lo mismo por lo que no es casualidad que el doctor Bell fuera un gran admirador de David Hume, ni que Stevenson y Conan Doyle lo fuesen del doctor Bell; porque hay firmes lazos entre las teorías económicas de Adam Smith y el éxito arrollador de la ciencia escocesa; porque no es tampoco casualidad que haya sido un poeta cojo tratado en un hospital de Edimburgo quien nos haya convencido de que somos los capitanes de nuestras almas; porque no se equivoca el National Museum of Scotland cuando mezcla en sus salas a la oveja Dolly, la máquina de vapor, a los primeros oncólogos y a los soldados que derrotaron al nazismo. Porque el empirismo es el alma mater de la nación escocesa y de todos los hombres libres, y viene a ser sustancialmente una hermosa historia policiaca que busca el bien y combate el mal con escepticismo y heroísmo a partes iguales.

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