El detective que amaba los perros

     Inami Itsura es un escritor que alcanzó una cierta popularidad en Japón a partir de la publicación de una novela protagonizada por un detective especializado en buscar perros perdidos. Animado por el éxito, Itsura publicó unos cuantos relatos más, centrados todos ellos en el mismo detective, el joven Ryumon, un personaje cuyo carácter contemplativo le ha llevado a un tenue desencuentro con el mundo moderno que resulta muy seductor para el público japonés, que percibe en este singular detective privado (como los percibe en Don Quijote, por cierto) ecos inequívocos de los pobres, serios y cansados ronin (esos samuráis sin más amo que sus viejos códigos de honor) que pueblan su historia, sus leyendas, sus mitologías, su literatura, su cine y, cómo no, sus mangas. Lamentablemente, ninguna editorial se ha molestado en verter al español a este autor que falleció en 1994 con más reconocimiento del público que de la crítica. A quien sí nos traducen regularmente, por fortuna, es a Taniguchi, el más sutil y complejo de todos los mangakas vivos, quien ha tenido el acierto de dedicar una serie a darle forma a las historias del señor Inami.



     Todavía está por caer en mis manos una obra de Taniguchi que no sea sublime y El Sabueso no lo es menos. El dibujo suave, minucioso, mínimo, nítido, como la huella que una divinidad shinto dejara en la superficie de una fuente, pone ante nuestros ojos una historia preciosa para cualquier edad, llena de sentimientos poco transitados en ninguna novela de detectives convencional, de aventuras en tono menor, de emociones en la sombra, de personajes que vencen con modestia…, y todo ello alrededor de una serie de vicisitudes en el que el verdadero protagonista es el vínculo de oro, la filía (por expresarlo de forma aristotélica) inquebrantable que se crea entre los perros y sus amigos humanos, cuando éstos saben estar a la altura moral que exige la convivencia con un animal tan noble, tan tierno, tan entregado, tan alegre. Hay una viñeta en que uno de los personajes de este manga hace la siguiente declaración de principios (budistas) referida a los perros que conviven con nosotros: “la fugacidad de su vida y la inexorabilidad de su muerte es una lección impagable que nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia.”

     Desde luego que no es lo único que debemos a los perros, ni agota tampoco las virtudes de este manga capaces de traspasar nuestra piel. La delicadeza moral del protagonista, del detective, resultará deliciosa a todos aquellos lectores que no puedan evitar (tal es mi caso, desde luego) poner su equilibrio mental en riesgo e imaginar como reales a los grandes detectives que protagonizan los relatos (películas, novelas, mangas…) que tienen la virtud de ensanchar nuestras vidas. También resulta encantadora la forma en que Ryumon pisa el bosque: de hecho, es raro el manga de Taniguchi en el que no asoma, de un modo u otro, esa manera de relacionarse con la naturaleza que en Occidente encontramos en los escritos del joven Hegel, en Nietzsche, o en Emerson, y que a mí me resulta, siempre, arrebatadora. También resulta deliciosa y sorprendente la elegancia del código con el que Ryumon practica la caza; su torpeza con las mujeres y con los electrodomésticos, y su afición por el whiskey americano, el bourbon.

     Algún día les tengo que hablar del whisky japonés, por cierto; pero, de momento, les dejo con este manga, que es de lo mejor que he leído en este invierno, que ya declina con esa inexorabilidad en la que tanto insisten los budistas.

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