El Diluvio que no cesa

     Hay un cierto aire de ensueño poético en la película Noé que te acecha la memoria bastante tiempo después de haber abandonado la sala de proyección. Bien es cierto que no es por causa del trabajo de Russell Crowe, cuyo aliento interpretativo me recuerda cada día más a un armatoste triste y vacío, como el baúl de un muerto. Justo lo contrario de Sir Anthony Hopkins, quien, con gestos mínimos, imprime misterio y señorío a un Mathusalem, cuyo papel, con ser secundario, sostiene la bóveda de un guión que es el verdadero responsable del fulgor que emana de la película y de la novela gráfica, obras ambas de los mismos autores: Darren Aronofsky y Ari Handel.
Página de título de la Midrash Tehillim editada en Praga en 1613

     Es Handel quien, en una entrevista concedida a Michael Dunaway nos explica las claves del proyecto, y remite a la Midrash, una tradición sapiencial judía en la que infinidad de rabinos y voces anónimas han escrito parábolas, poemas, canciones, cuentos, leyendas… que desarrollan la Toráh (el Pentateuco de los cristianos), que iluminan, rellenan, adornan y completan las zonas oscuras y los saltos narrativos de los Libros Sagrados, para disfrute de los niños, de los gentiles, de los filósofos que descreen por la fuerza del logos griego…, y ahora, también, de los cinéfilos, que gustan de las historias contadas en imágenes. Confieso que me encanta el género. La Midrash es una fantástica visión del mundo y del hombre poblada de ángeles enamorados, mujeres indómitas, vampiresas terribles, gigantes tristes y un sinfín de seres e historias encantadoras que no dejan de embelesar a quienes se asoman a ellas a lo largo de los siglos.

     Nada hay en la novela gráfica ni en la película que no tenga una raíz bíblica. Ni siquiera los melancólicos gigantes de piedra que se alían con Noé son ajenos al Pentateuco, en donde se les denomina los Nefilim, término que la Septuaginta traduce como “Titanes”; y también como “los Hijos de Dios”, distintos de los Hijos de los Hombres, que a su vez son diferentes de los Hijos de las Mujeres.
     Tampoco es ajeno a la Midrash ese aliento conservacionista que actúa como la principal idea fuerza del guión. El Meam Loez, una de las principales colecciones midrashicas y obra de cohesión a lo largo de los siglos para la comunidad sefardí advierte a los suyos que “se enfurese il Dio i eskurese el sol, la luna i las estreyas por los ke kortan algun arvol vivo i bueno, aunke sea suyo, ke non konviene gastar koza bendicha del Dio ke le aze kreser buen fruto.”
     La Midrash se me queda en la memoria, pero también la historia del Diluvio en sí misma. Puede que se trate del mito más universal de todos los que recoge la Biblia: lo encontramos en las Escrituras Védicas; en los cuentos del Reino de Tsin; en el Gilgamesh mesopotámico; en el mito griego de Deucalión; en las leyendas de los mayas, de los aztecas, de los incas, de los kawescar, de los guaraníes…, e incluso formaba parte fundamental de la religión de los aislados habitantes de la Isla de Pascua.
     No deja de estremecernos el saber que tantos pueblos y tan distintos han soñado con la misma lluvia que limpia la iniquidad del mundo. Rafael Herrera señala en su Breve historia de la Utopía (Ed. Nowtilus) que el mito del Diluvio Universal es la raíz última de todo el pensamiento utópico. Fueron un Yahvé arrepentido de sí y un Noé borrachuzo quienes primero soñaron con un Hombre Nuevo, y marcaron la senda utópica por la que siglos después discurrirían Platón, Rousseau, Lenin, Pohl Pot y tantos otros. Hay mucha nostalgia de Absoluto, de Caos y de Diluvio en las modernas utopías, y es por eso por lo que entendemos y tememos el tebeo y la película de Aronofsky y Handel; como hay mucha lírica en la tradición que lo sustenta, y es por eso que sus imágenes se nos pegan en la retina.
     Por fortuna, los siglos han limado ese deseo fiero de destrucción absoluta; porque todos los Diluvios concluyen en un Hombre Nuevo igual de libre en sus encrucijadas, igual de frágil frente a la Naturaleza, igual de débil como para elegir el mal e igual de digno de una segunda oportunidad.

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 17 de mayo de 2014, como parte del suplemento Libros

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