Una anémona para los zombis

     Se clausura en Murcia el C-FEM, un festival de cine fantástico puesto en pie por mis salvajes favoritos: Javier García y Joaquín Sánchez, con la ayuda de otros cuantos monstruos entrañables, como mi Antonio Rentero, o mi Ángel Cruz, esforzados de la cultura todos ellos y sobrados de humor, rigor y criterio como para organizar todo este tinglado. Lo pasamos en grande con una deliciosa mesa redonda sobre el cine de la Hammer en la que celebramos la memoria de Peter Cushing, un actor que nació con un cuerpo espirituado y unas mejillas de ultratumba que lo predestinaron para interpretar al cazavampiros Van Helsing y al sobrehumano Sherlock Holmes. Y no contentos con eso, lograron convocar a miles de muertos vivientes en la ciudad de Archena, que siempre creímos que era un balneario, hasta que esta panda de gamberros adorables la han convertido en una metáfora de la última crisis de gobierno, con lo que se desvela una cierta analogía entre la política y el frikismo; pero esos son negocios del maestro Montiel.
     Los muertos vivientes son cultura, de eso no hay duda, y también una alegoría de nuestro tiempo; un subgénero narrativo cutre y simpático, primo hermano y maloliente de la Naturaleza Muerta, que es el núcleo temático al que dedica Nacho Ruiz el tercero de los ciclos expositivos que celebran el 150 aniversario del MUBAM. La Naturaleza Muerta es un género pictórico que permite a los artistas exhibir técnica y competir con los filósofos para mostrar el Infinito en el contorno de un huevo frito. Las pinturas al fresco de comidas y bebidas eran motivo de feliz banalidad en Pompeya, pero los artistas del Norte de Europa complicaron el género con lecciones de moralidad severa, como si una trucha escabechada pudiera sustituir a una epístola de Séneca. El simbolismo, en general, es lo peor y despabila esa moralina con ladillas propia de los sacristanes de las iglesias laicas, que son las peores; pero los grandes maestros flamencos supieron trascender la corrección política de su tiempo y llenaron las casas burguesas de la Europa rubia y productiva con escenas cálidas, íntimas, suntuosas y envolventes en las que el humo de las pipas evocaba el Libro de los Salmos; las cebollas celebraban el recato de las muchachas; una violeta llamaba a la modestia; el tulipán, a la presunción; la amapola, al poder y a la muerte, que son ambos hermanos del sueño; un espejo nos advertía contra la vanidad, y un cristal roto nos recordaba que la juventud es frágil y sangra siempre por el filo helado del tiempo. Con todo, no fue en Flandes, sino en España donde el bodegón alcanzó su cumbre de la mano de Sánchez Cotán, en cuyas pinturas se orilla lo íntimo, el aire adquiere tonos sagrados, los pepinos desvelan la geometría de la Providencia, los repollos miden el tiempo de Dios, y las blancas hipérbolas de los cardos semejan cartujos en oración.
Vicente Viudes. The Market.

     Pero la luz profana de Murcia, su mar tibio, sus mercados lujuriosos y sus noches barrocas no consienten un arte lastrado por la moralidad. Les invito a comprobarlo en el MUBAM, a dejarse guiar por Nacho (que oficia los sábados por las mañanas) y a contemplar despacio las tres naturalezas muertas de Vicente Viudes: The Market, un bodegón extraño, espléndido y preciosista, donde las señoras parecen el sueño de las sandías, y las frutas son enigmas de colores planos y geometrías rectas; La Corona de Espinas, que exhibe el fuego, la sensualidad y la amenaza que arde en la más humilde de las flores cuando se representa en un primerísimo plano; y, sobre todo, no dejen de contemplar la Anémona. Viudes representó aquí una Flor Absoluta, descarada, roja y golfa. Una flor de fuego capaz de resucitar a un zombi; una flor que es una promesa abierta que nos invita a la vida; como un beso fuerte; como una mujer amplia, risueña y generosa.

Vicente Viudes. La corona de espinas
Vicente Viudes. Anémona












    

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 24 de mayo de 2014, de la serie, Los placeres y los días.

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