Grecia enamorada

     La expresión “amor platónico” es un eufemismo homologado por las secciones femeninas con el que nos venimos refiriendo a esas parejas que se enamoran como becerros, pero en un plano puramente espiritual, como si tocar pelo (es un decir) resultase más grosero o menos seguro que bajarse únicamente las bragas del alma. Ocurre, sin embargo, que los textos del viejo Platón no fueron nunca tan estrechos. En el Fedro, por ejemplo, Platón define el amor por boca de Sócrates como un deseo, acompañado de una especie de locura divina. “Deseo fuerte, violento, irrenunciable”, dice el griego, y no se equivoca, por más que ofenda a las guardianas de los repositorios antifalócratas de donde mana la moralina culitriste de la ESO. Pero más intenso aún se muestra el filósofo cuando ensalza hasta lo divino el frenesí que agita el alma de los enamorados. El deseo físico, viene a decir Platón, reconfigura nuestra visión del mundo. El enamorado está loco, porque ve la Idea de Belleza en el amado, al margen de toda consideración racional. Nadie es más guapo nunca que nuestra novia; o no la sentiremos como tal novia. Y decimos que esa locura es divina porque trasciende el deseo, otorga alas a nuestra alma y nos eleva hasta la cumbre más alta y pura del mundo de las Ideas, donde reina la Belleza, que comparte trono con la Justicia y con el Bien. Al igual que la Geometría o la Filosofía, el Amor es una fuente de conocimiento, con la ventaja de que nos muestra una imagen inmediata de la Belleza, limpia de teoremas y razonamientos, y tan clara, que a su sola luz contemplamos la Justicia y sentimos la necesidad de hacer el Bien. En Mejor Imposible, una comedia deliciosa en la que cada línea de diálogo es sabia y alegre a la vez, el personaje interpretado por Jack Nicholson se dirige así a su amada, una camarera representada por una Helen Hunt a quien nunca hemos visto más guapa: “Me haces que quiera ser mejor persona”, y al escuchar eso, la camarera y nosotros sabemos con certeza que está locamente enamorado, porque nuestra sangre conoce ese Amor que nos enerva y nos revuelve y nos renueva hacia lo mejor de nosotros mismos.
     A Aristóteles, sin embargo, se le llenaba la boca de bilis con sólo pensar que la locura y los amores tuvieran algo que ver con las Categorías. De ahí que optara por atar corto a la Filosofía a base de silogismos lógicos y razonamientos dialécticos; pero también dedicó buena parte de su reflexión ética a enfriar los ardores del deseo a base de recomendar su administración por la vía de una relación amistosa, que es, al cabo, el ideal de vida más virtuoso al que puede aspirar un matrimonio con vocación de traspasar la barrera psicológica de los doscientos primeros, felices y ardorosos intercambios de fluidos. Muy templado, muy medido, tal vez demasiado certero el siempre razonable Aristóteles.
Busto de Antinoo, el joven y malogrado amante del Emperador Adriano.
La escultura fue hallada en las excavaciones del Palacio de Adriano, en Tívoli
Actualmente se encuentra expuesto en el Louvre

     Por eso, entre las locuras del viejo Platón, y las tibiezas del joven Arístóteles, los griegos preferían a sus trágicos, a sus líricos y a sus novelistas que recreaban los viejos mitos para trazar sobre ellos los mapas precisos y preciosos de las emociones humanas, entre todas las cuales, claro, siempre refulgía el Amor. Y así, en el siglo II después de Cristo, en una Lesbos vencida y caduca, Longo compuso un relato que recreaba los amores de Dafnis y Cloe, y dejó escritas estas aladas palabras, que deberíamos grabar en molde de oro: “Amor es, muchachos, un dios joven, hermoso y alado: por eso se complace en la juventud, va en pos de la belleza y da alas a las almas. Posee un poder mayor que el del propio Zeus […] Yo vi un toro enamorado y mugía como picado por un tábano; y a un carnero enamorado de una oveja, y la seguía a todas partes. Yo mismo fui joven y me enamoré de Amarílide; no me acordaba de comer, ni tomaba bebida alguna, ni conciliaba el sueño. Sufría mi alma, mi corazón palpitaba, mi cuerpo se atería. Gritaba como si me pegasen, callaba como un muerto, me metía en los ríos como si me abrasara; rompía mis zampoñas, porque hechizaban a mis vacas, pero no conseguían traerme a Amarílide; pues no existe ningún remedio para el amor, ni comida, ni bebida, ni ensalmo, sino sólo besos y abrazos y yacer juntos y desnudos.” 

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