La estirpe de Melusina

     Érase una vez, en un tiempo sin Historia, un rey que gobernaba con el hierro en las Tierras Altas de Escocia. Y era tanta la desdicha que el tirano derramaba sobre las cabezas de sus súbditos que desató la ira de su hija Melusina, un hada poderosa que se enfrentó a su padre y lo encerró en las montañas de Northumbria; pero la Reina no aprobó la rebeldía de su hija, y la desterró y la maldijo a que viviera seis días por semana bajo la forma de una mujer joven y guapa y dulce; mas llegado el sábado, Melusina se transformaría en una sirena de alas de murciélago, tronco de mujer y cola de serpiente, y habría de ocultarse a las miradas de los hombres, porque si llegasen a descubrir su secreto, no recuperaría su forma humana, y sus hijos se matarían entre ellos y sería la tristeza y el horror de su estirpe.
     Melusina huyó a Francia y se refugió en los bosques del Poitou, donde conoció a Raimondín, el doncel hermoso y arrogante que era el Señor de Lusignán. El joven acababa de asesinar al hermano de su padre, y vio en Melusina el deseo y el sortilegio que necesitaba. “El mundo jamás conocerá tu crimen si te casas conmigo –juró Melusina-; y construiré torres y castillos para ti, y podrás embriagarte en mi sexo día y noche…, menos los sábados, que me alejaré de ti; porque el sexto día será mío solamente, y me ocultaré en una torre, y no podrás verme, ni hablarme, ni preguntar por mí, o por Dios que te arrepentirás, y traerás la desgracia sobre tus hijos y anunciaré la muerte a nuestra estirpe.”
     Las bodas se celebraron con un lujo nunca visto y el hada Melusina fue una buena esposa, erigió castillos, abadías y una preciosa fortaleza en Lusignán en la que crió a diez hijos en cuyo cuello figuraba la garra de un león, que es la marca de la sangre de las sirenas. Hasta que una noche aciaga un mal amigo insinuó a Raimondín que si Melusina se negaba a verlo durante los sábados es porque ese día se lo reservaba a otro hombre, y por eso los hijos nacían con la señal de los bastardos en el cuello. Mordido por los celos Raimondín esperó al sábado y subió a la torre de Melusina, se acercó a la puerta, que estaba cerrada y miró por un agujero, desde donde se le desveló el secreto que escondía su esposa: allí no había amante alguno, sino una Melusina cuyas piernas se habían convertido en una cola de serpiente.
El descubrimiento del Secreto de Melusina, de Le Roman de Mélusine. Es una de las dieciséis pinturas hechas hacia 1410 por Guillebert de Mets (n. 1390 ó 1391 - f. después de 1436). El original de encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia

     Raimondín se retiró aterrado, decidido a guardar el secreto para siempre; pero ya era demasiado tarde: un sirviente corría hacia él para anunciarle que uno de sus hijos había muerto degollado a manos de otro. A Raimondín lo cegó la cólera, regresó a la torre donde se escondía Melusina, derribó la puerta, la maldijo, la llamó serpiente inmunda y la acusó de traer la desgracia sobre sus propios hijos. En ese momento el hada se supo maldita para siempre, extendió las alas, voló hacia la noche, y no regresó a ninguna de sus torres y mansiones sino para anunciar con voz de roca herida la muerte de algún miembro de su descendencia, entre quienes se encuentran la Reina Leonor de Aquitania, los Electores de Sajonia, Ricardo Corazón de León, el primer Abad de Montserrat y su Majestad Felipe VI, Rey de las Españas y de Jersusalén.
     De la Estirpe de Melusina nació también mi Señor Don François de la Rochefoucauld, conde de Lusignán, de Liancourt y de Verteuil, quien perdió las batallas más nobles del Grand Siècle, buscó reposo en el lecho de ciertas damas a quienes les fatigaba el ejercicio de su honestidad y compuso una colección de Máximas entre el juego y el abismo que cambiaron la vida de La Bruyère, Voltaire, Madame Du Deffand, Sainte-Beuve, Nietzsche (quien decía preferir las Máximas a “todos los libros juntos de todos los filósofos alemanes”), Agustín de Foxá, o Josep Pla, por citar sólo a los más ilustres ejemplares de una estirpe de lectores marcados por la garra de un león que nos han enseñado que el Universo nos ignora, que llamamos perdón a lo que no es sino desidia, que no hay virtud que resista un buen asedio y que un día recibiremos la visita de un hada hermosa y terrible que nos anunciará la muerte con un grito que comprometerá las entrañas de la tierra y detendrá para siempre el curso de los astros.


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