Pagodas

     La Arquitectura tiene por objeto la invención de espacios habitables y dotados de sentido. La habitabilidad del espacio obliga a armar este oficio de bagajes científicos (algebráicos y geométricos, sobre todo) y especificaciones técnicas (sobre la naturaleza de los materiales, los suelos, el clima, etc.). El sentido que buscamos en los espacios arquitectónicos vendría marcado por las consideraciones estéticas y los requerimientos éticos que convierten a este oficio complejo en un Arte Mayor. La ética viene al caso en relación al compromiso que ata al arquitecto con los habitantes de sus espacios y con la ciudad. Con los individuos, porque es muy triste que para abrir la puerta del excusado tengas que sacar a la abuela al descansillo, por ejemplo. Con la ciudad, porque los arquitectos dibujan los perfiles y el entramado de ese invento maravilloso que es la polis, y la historia de la Civilización nos viene demostrando que el progreso de la humanidad se incuba en entramados urbanos potentes y amables, donde resulta posible el encuentro creativo y libre de las elites intelectuales, tal y como ocurrió en su día en la Atenas de Pericles, la Florencia de los Medici, el Edimburgo de Hume, la Viena de Schoenberg, el Chicago de Al Capone o el Tokyo de Godzilla.
Pagoda en Bhaktapur 

     Lo dicho hasta aquí es muy de manual, bastante incuestionable y quiero pensar que se lo explican a los estudiantes de Arquitectura en la misma ventanilla donde formalizan la matrícula de primero, aunque puede que no se lo exijan ni para disfrazarse de doctor. Menos evidente y más sugerente resulta pensar que la Arquitectura no se limita a definir un red urbana más o menos propicia para el progreso de las naciones, sino que condiciona íntimamente la conducta moral de cada uno de los individuos que la habitan. Todos conocemos rincones y barrios y hasta ciudades enteras que parecen concebidas para el mal, y no me negarán que resulta mucho más fácil apoyar las justas reivindicaciones de las lesbianas de la etnia mapuche si tu vida transcurre a la sombra estucada de las casonas del Barrio de Salamanca, que si tu área de forrajeo es el ecosistema de Los Mateos, no sé si me explico, y esta determinación actúa de un modo tan perentorio que no conozco a nadie que se vea libre de ella. Las llamadas “plazas duras”, por citar un clásico de la arquitectura contemporánea, afectan a los principios morales de todo aquel que las frecuenta. La Plaza de Europa, en el centro de Murcia, es un buen ejemplo, y cada vez que me veo obligado a cruzarla (tan plana, tan sin árboles, tan sin misericordia, tan sin acomodo, tan sin Dios…), me entran ganas de pegar a mi padre, q.e.p.d., con un calcetín sudado.
     Muchos son los arquitectos que han jugado en esta liga moral con harto provecho: pienso en los maestros canteros que levantaron las catedrales góticas que tanto influyeron en la espiritualidad de la Baja Edad Media; o en los arquitectos al servicio del despotismo ilustrado en Nápoles, Prusia, Sajonia…, que buscaron (y lograron) mejorar las personas y los estados a base de sanear y racionalizar las calles y las plazas. Y pienso, por encima de todo y de todos, en esos monjes/arquitectos anónimos que levantaron las primeras pagodas de Asia, allá por los siglos V y VI, en el valle de Katmandú, en Nepal, con el ánimo de crear unos edificios cuya sola estructura evocase el Universo, y explicase la vida y las enseñanzas de Buddha. Las pagodas de Nepal no son centros rituales, ni la gente acude a ellos a orar, sino que son entes puros de bondad, cuya sola existencia mejora el mundo, y así lo entendió el mundo budista, que tomó ese modelo para construir sus templos por todo su orbe de influencia: Tíbet, China, Sikhim, Bután, Indochina y Japón, principalmente. Las gentes que se crían a la sombra de esas construcciones se gustan a sí mismos tranquilos sonrientes, generosos, atentos, despiertos y benévolos; igual que los aragoneses que se crían a la sombra del Pilar de Zaragoza parecen preferirse puestos en mostrencos y negándole a Murcia un agua que no es suya, ni de Dios ni de nadie. Las pagodas de Katmandú, Patán, Bhaktapur, Pashupati, y Narayan se elevaron al cielo hace mil quinientos años para recordarnos que sólo la bondad mitiga el sufrimiento que nos impone la rueda de la vida.
     Hoy estos templos milenarios se han venido abajo en apenas unos segundos por obra de un terremoto que ha segado la vida de miles de inocentes o de culpables, tanto da en un Universo que es una broma efímera de un mal gusto eterno.


Lean también éste y otros artículos en el Canal de Libros del diario "La Opinión" de Murcia

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