El hilo de Adriano

     Leer a Homero es herir a una diosa con la lanza de Diomedes, arrastrar el cadáver de Patroclo, abrazarse a Circe mientras te aguarda Penélope, navegar entre Escila y Caribdis y rumiar la venganza mientras Polifemo se apareja el banquete con la carne de tus mejores amigos. No digo que lo sigas, que te lo imagines…, sino que a Homero lo vives. Los versos de Shakespeare son tan perfectos que te permiten ser Macbeth y Shakespeare, a la vez. Esta experiencia íntima y absoluta te la brindan sólo los grandes clásicos, y es signo inequívoco de que nos encontramos en presencia de algo cuya Belleza es inseparable de nuestra idea del Bien, y desde luego no es prerrogativa exclusiva de la Literatura. Uno se topa con Las meninas, por ejemplo y, a poco que te quedes quieto, pasas a formar parte del cuadro, te metes dentro, y sientes que Velazquez te ha pintado a ti para que seas testigo de una escena donde la Majestad del mayor Imperio del Mundo importa menos que la lealtad de un mastín; y la luz que emana de la pálida piel de una Infanta de España ilumina la inmensa dignidad de sus muñecos humanos. La técnica de Velázquez teje un hilo que tira de nosotros y nos encierra en las paredes lóbregas del viejo Alcázar de Madrid para compartir un instante estéticamente perfecto que pone, además, a prueba nuestro sentido de la moralidad.
     Ese hilo que atraviesa los siglos y nos mete de lleno en el cuadro (o en el poema, o en el relato) define el Gran Arte, y quien supiera destejerlo entendería el lenguaje de las estrellas, o eso más complicado aún que Goethe definió como “el eterno femenino”. En lugar de destejerlo, pues, es preferible dejarse arrastrar (querer) por él y disfrutar de los placeres y los días de los dueños del secreto que nos permite combatir a los pies de los muros de Troya.
    Margarita Yourcenar (1903 - 1987) es una de esas escritoras a través de cuyas obras alcanzamos experiencias inefables. El secreto, el hilo, en su caso, fue siempre una larga y minuciosa preparación anterior al proceso de escritura. Las Memorias de Adriano, por ejemplo, las documentó durante once años, pero las redactó en menos de dos. Aunque, tal vez cabría afirmar que esta obra (a mi juicio una de los textos claves de la Literatura y de la Filosofía del siglo XX) creció en su interior al mismo ritmo lento e intenso con que aquella niña huérfana de madre se transformó en una grandiosa humanista de la mano siempre de su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, un aristócrata francés que cuidó personalmente de la educación de su hija, con tal acierto que consiguió que llegara a dominar el latín hablado y escrito a los diez años, y el griego clásico a los doce.
Busto de Adriano, en los Museos Capitolinos

     Años más tarde (en 1938), la semilla del humanismo dio su fruto pleno en una joven Yourcenar que decidió reescribir las memorias perdidas de uno de los protagonistas más fascinantes de la antigüedad romana: Publio Elio Adriano, quien rigiera los destinos del Imperio desde el 117 al 138, en ese tiempo que definiera sabiamente Flaubert: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que sólo estuvo el Hombre.»

     La Yourcenar estudió minuciosamente las fuentes (Dión Casio, Filóstrato y Pausanias) e hizo suyo el corpus latino entero: la lírica, el teatro, la historiografía, la épica, los discursos de los juristas y, sobre todo, los epistolarios donde los patricios volcaban su alma. Antes que los detalles arqueológicos (peinados, armas,  batallas, personajes, monumentos…) la Yourcenar se preocupó de empaparse de la melancolía especial que teñía esa época en que el Hombre caminaba solo por el mundo, y sólo cuando se sintió embebida por completo de “romanidad”, sólo cuando se vio con fuerzas éticas para ser Adriano, inició la redacción de sus Memorias (en 1949), para que nosotros sus lectores nos sintiéramos atrapados por un hilo que nos llevara a vivir el gobierno de sus años de reinado; la excitación de sus triunfos militares; la alegría de las horas pasadas con los amigos; el ajetreo de los viajes; la dulzura del aire en la Villa de Tívoli; la pasión por su joven amante Antínoo; el dolor causado por su muerte, y la serena consciencia de que, al final, todo es olvido; pero nosotros, al menos, habremos conseguido ser Adriano.

Artículo publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el 20 de junio de 2015

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