Fiesta

     En 1758 Jean Jacques Rousseau redactaba una empachosa epístola en la que trababa polémica con D’Alambert a costa de su propuesta de abrir un teatro en Ginebra. Dicho proyecto, había defendido el editor de la Enciclopedia, “permitiría añadir el disfrute de los espectáculos agradables a las buenas costumbres de que ya hacen gala los ginebrinos. Las representaciones teatrales formarían el gusto de los ciudadanos y les aportarían una fineza de tacto y una delicadeza de sentimientos que resultan muy difícil de adquirir sin su ayuda, con el solo concurso de los principios éticos y teológicos de sus grandes moralistas.”
     Rousseau no comparte esta opinión, agárrense, porque veía en el teatro una institución inmoral que “fomenta la pasividad y el silencio de los pueblos”, así como la división entre los espectadores y los actores, que son los que monopolizan el discurso y la acción, y esto es justo lo contrario del tipo de igualitarismo con que soñaba el autor de El Emilio. En su lugar, Rousseau propone a las autoridades que trasladen a las urbes las fiestas que los campesinos celebran en las aldeas. El autor de La Nueva Eloísa exalta hasta el empalago la vida aldeana y alude a unas fiestas que son paraísos de pies desnudos enredados en la glicinias, placeres inocentes, amores sinceros, comidas sencillas, cancioncillas pegadizas y contradanzas en corro, cuyo sola cadencia bastaría para abolir la representación en aras de una exaltación plena de la identidad colectiva, así como de la comunicación transparente e inmediata entre la naturaleza y la racionalidad, entre lo masculino y lo femenino, entre el oriundo y el forastero, entre el amo y el criado… La Fiesta, pues, vendría a ser la marmita donde se funden los intereses particulares en la fondue pringosa y amorfa de la Voluntad General. “No es difícil encontrar”, dice Starobinsky cuando comenta esta carta, “el postulado de una alienación espontánea de todas las voluntades a favor de un demiurgo, el alma de la fiesta, un ser resplandeciente, que transmite alegría a todos los que rodean y que es capaz de traducir con total transparencia esa voluntad general.” 
     De modo que la educación para la ciudadanía pasa porque el campo “acampe” en la ciudad, el pueblo se celebre a sí mismo y sus líderes resplandecientes traduzcan con total transparencia la voluntad general en medidas diáfanas que refunden la política y generen un hombre nuevo. El totalitarismo está servido, el Directorio celebra sus asambleas y los indignados tejen calceta artesana y sostenible mientras ruedan las cabezas de los que se resisten a renacer en el hombre nuevo. Rousseau lo tiene claro: sí se puede.
David Teniers el Joven. Kermesse. Real Museo de Bellas Artes de Bélgica

     Pero no nos alarmemos. La Fiesta de Rousseau se traduce siempre en un jacobinismo de guillotina generosa y “transparente”; pero resulta también un motivo encantador en la literatura del XIX. Quiero decir que ocurre con la Fiesta Romántica como como las historias de vampiros: que si se trasladan a la vida real generan progroms y neurosis colectivas; pero en la ficción literaria resultan una fuente de inspiración de numerosas escenas de la mejor literatura que se ha escrito jamás.

     La Sylvie de Gérard de Nerval, por ejemplo, es conscientemente deudora de Rousseau y de su modo de entender la Fiesta. Y a pesar de ello (o puede que incluso en su virtud) constituye una de las obras más sorprendentes, infinitas y turbadoras de la literatura moderna. Marcel Proust y Umberto Eco confesaron que su lectura los dejó trastornados. A fuerza de releerla y repensarla, creo haber dado (aunque seguro que no seré el primero) con una de las claves que explican la turbación deliciosa que produce este relato en sus lectores; de un lado, esta visión romántica de la Fiesta, que tan irresistible nos resulta, incluso a los más avisados. Del otro, una forma insólita de narrar, que confunde identidades, tiempos y recuerdos, y fuerza magistralmente la flexión verbal francesa hasta cerrar sobre sí el vector temporal de la trama, lo que traslada al lector la impresión dulce y alucinada de que el tiempo pasado aún alienta en el presente, y que cada beso nos devuelve la vida y la palabra y la imagen y el estremecimiento y la sombra y el aroma de aquellos amores perdidos que viven en un relato del siglo XIX que fue escrito para darle forma eterna a nuestra memoria, antes de que la vida resuelva su expediente donde siempre: en la nada, nunca.

Artículo publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el 6 de junio de 2015

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