El Congreso del Mundo



     Cada época ha tenido que enfrentarse a sus particulares indignados con la democracia liberal: señoritos que, bajo diversos uniformes, han puesto en cuestión la legitimidad de las urnas, la representatividad de los cargos electos, etc. Borges transpiró siempre un liberalismo sui generis, de raíz germánica (schopenhaueriana) y sajona (spenceriana) y no fue nunca varón de indignarse, ni mucho ni poco; pero ese trasfondo liberal suyo le bastó para plantar cara a los germanófilos antiliberales y pronazis que dominaban la opinión pública argentina antes y durante la Segunda Guerra Mundial, y supo explicar al mundo con puntos y comas cuál era su posición pro judía, pro democrática, pro británica y pro americana en una época y frente a una chusma que no eran ni suaves, ni confortables.
    Una vez despachados los deberes cívicos frente a la idiotez política del nazismo, Borges se permitió el lujo espiritual de ironizar con hilo fino con cuantos pretenden saber en qué consiste y cómo se organiza la "verdadera" representatividad política. Lo hizo en un cuento que publicó bajo el título de "El Congreso", en el que vemos a un grupo de idealistas dispuestos a organizar una asamblea que representara debidamente a todos los seres humanos: 
     "Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Plantear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelandia?"
     El murciano y, sin embargo, socialista, Pedro Saura, por ejemplo, podría representar en nuestras Cortes a los que se peinan con la raya al lado, a los economistas, a los que tienen sonrisa de serrucho, a los que prefieren que Murcia no reciba agua del Ebro, a los que pierden siempre y peor... Evidentemente, los censos electorales, la organización de las circunscripciones, la normativa electoral, e incluso los propios partidos políticos están pensados para poner orden en todo esto, y para que cada votante tenga la oportunidad de colocar en las Cortes Generales a unos cargos electos que, en la medida de lo posible, le representen cabalmente en lo que toca a las virtudes y arquetipos políticos (no en el color del pelo, ni en la sonrisa, ni...)
     Otra cosa es que los partidos valoren el sistema electoral según les vaya en él. Los partidos minoritarios de alcance nacional, por ejemplo, entonan de antiguo esa palinodia que lamenta la mucha rentabilidad política que obtienen los votos nacionalistas por la sola chiripa de concentrar a su electorado en determinadas circunscripciones; pero, claro, un sistema en el que el voto de todos los ciudadanos contara lo mismo, ya fuese que viviesen en la Plaza de la Cibeles o en mitad de Soria, dejaría sin representación política a muchos territorios: por ejemplo, a Soria entera. Y eso, democráticamente, no es muy saludable. Ni vertebra como es debido a una Nación. Por cierto, para quien piense que esto es algo específico de la democracia española, me permito recordar el sistema electoral británico, en el que cada circunscripción elige a un diputado, lo cual favorece el bipartidismo de manera radical, así como a las formaciones nacionalistas, desde luego. Aunque no sé si traer aquí a la Gran Bretaña servirá de mucho, porque esta mata intelectual nuestra dará para quien piense que la democracia inglesa no es una democracia real, ni popular, ni auténtica...; ni faltarán líderes del perroflautismo ibérico que farfullen que los diputados ingleses tampoco representan a nadie; pero es que hay discusiones en las que no hay ni que entrar; porque, de hacerlo, termina uno convertido en un follatabiques, y se trata justo de lo contrario.

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