La virtud de la cigarra


A Alfonso Galindo, que tiene mucho de cigarra alegre y sagrada


     Los humanos, desde que se conocen, tienden a proyectar sus sentimientos, con todas sus consecuencias, sobre los animales. Cuando digo “con todas sus consecuencias” me refiero a las virtudes, que poca cosa son más allá de la excelencia de los hábitos a los que nos inclinan nuestros (buenos) sentimientos. Esta proyección de las virtudes humanas en la naturaleza, cuando se lee al pie de la letra, da lugar a todo tipo de cursiladas, que van desde una lectura del mundo natural a lo Walt Disney, a esa preocupación por unos pretendidos derechos humanos de los animales, tan sentida, sobre todo, por aquellos a quienes no les preocupan los derechos humanos de las personas (las personas cubanas o chinas, o musulmanas, por ejemplo). Los filósofos y hasta los psicólogos (que por nadie pasen) disponen de un buen caudal de términos que definen esta actitud (endopatía, antropocentrismo, proyección de actitudes proposicionales, et alia)
     Cabe, sin embargo, realizar esa proyección de un modo no patológico (no endopático), ni marcado por la miopía epistemológica propia de la especie. Los alemanes cuentan con una palabra muy hermosa para definir esa proyección, por así decir, “sana”, de los sentimientos humanos sobre la naturaleza: "Einfühlung". Con este término, Göthe (entre otros) se refería a la simpatía estética que despiertan per se algunos seres naturales y a la carga sentimental y ética que se aprecia en las obras de arte que se ocupan de esos seres naturales.
     Lo de Göthe es fácil de entender. Cualquier occidental moderadamente culto sabe de la riqueza estética y ética que subyace en la la lectura moral de un bodegón de Sánchez Cotán, o de una fábula de Esopo. No es en Occidente, sin embargo, donde esta Einfühlung alcanza su máxima expresión. El Shinto es una religión que define al alma del Japón, pero que puede ser profesada por cualquier forastero, e incluso por un pez, una gota de rocío, o una sombra. El Shinto ignora el número exacto de dioses que hay en el mundo (presume que son varios millones) y por eso no limita tampoco la cantidad ni la cualidad de los creyentes. Los ciervos rezan en Nara desde el principio de los tiempos y aún se les puede ver por allí hoy día, guardando el santuario con la placidez del que se sabe dios, guardián y seguidor fiel de la religión viva más antigua del mundo.
Ciervos en Nara (verano de 2009)


     El Shinto coincide con David Hume en la necesidad de una ética y en la imposibilidad de fundar sus imperativos más allá de los sentimientos. No es extraño, pues, que Japón lea el mundo natural con una Einfühlung tenuemente religiosa, esto es, sacralizada sin dogma y moralizada sin pretensión imperativa.




    La cigarra, por ejemplo, es particularmente querida por todos los japoneses. Desde antiguo, los sacerdotes shinto han enseñado a su pueblo a conocer las variedades de cigarras que pueblan sus bosques y jardines, a diferenciar sus cantos y a teñir estas enseñanzas de profundos matices éticos. Una cigarra puede pasar más de diez años enterrada, en estado latente, llenando sus células con toda la alegría de la tierra, para luego salir al mundo y llenarlo de belleza con su canto. Mi favorita es la higurashi. Se oye en los bosques, al amanecer y al anochecer, con un canto inefable. La imagen de arriba es una vieja lámina del Chûfu Zusetsu, un venerable tratado japonés de Entomología Sagrada.
     Y esta entrada se cierra con un vídeo que recoge el canto de una higurashi que celebra la llegada del crepúsculo. Desde que lo descubrí en youtube lo he escuchado un millar de veces. Y es como si desde el Japón esta cigarra me invitara a llenar de salud cada uno de los instantes de la vida.



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