Abenjaldún y los impuestos


      Veníamos diciendo que esto de la crisis tiene mucho más que ver con las (malas) ideas, que con los (malos) políticos. Y citábamos como ejemplo de idea nefasta la que sostiene que la economía mejora cuando nos la organizan desde la Administración. A los liberales esto nos parece muy obvio, porque la historia nos ha enseñado a desconfiar de las capacidades organizativas del Estado. Y tiene como obvio corolario, el que los liberales nos preciemos de ser los máximos defensores de las bajadas de los impuestos. “Hacienda somos todos” nos decía la UCD, muy didáctica y muy puesta en razón, y sí, claro que somos todos, pero lo pagamos cada uno, y eso escuece. Pero bien lo vale si ese dinero se va a emplear en bibliotecas públicas, en hospitales, en carreteras… Así que los ciudadanos, liberales incluidos, nos avenimos y pagamos lo que el fisco nos reclama. Y aquí puede ocurrir que Hacienda se venga arriba y le dé por apretarnos las clavijas impositivas con vistas a recaudar para lo necesario, claro; pero también para lo conveniente; y ya puestos, para lo conjeturable; cuando no para lo superfluo, el disparate, o la pura mamandurria. Y es en ese punto y hora cuando se corre el riesgo de incurrir en eso que se conoce como la curva de Laffer, que es una muy sensata manera de describir lo que ocurre cuando se suben demasiado los impuestos: que se llega a un punto en que la carga impositiva es tan alta, que frena la actividad económica, tanto en la inversión como en el consumo, y, en lugar de recaudar más, se recauda cada vez menos. Y esto que describe Arthur Laffer es un fenómeno tan antipático, como recurrente, y así se ha comprobado en los cinco continentes. Ahora mismo lo estamos viendo en Grecia, donde no paran de subir los impuestos, con el resultado de obtener un dramático descenso en la recaudación. Muy por debajo, incluso, de lo previsto por Laffer.



      Y a eso voy, a que a los griegos, y no digamos a los españoles, no hay que tocarnos mucho el bolsillo para que entremos en la (melancólica) curva de Laffer. Es más, lo que aquí en España se observa es más bien lo que voy a llamar la “Media Vuelta” de Abenjaldún, y permítanme que les presente. Abenjaldún, o Ibn Khaldún, fue un filósofo andalusí que pasó su vida entre Sevilla, Granada y Túnez, en la segunda mitad del siglo XIV. Su obra principal lleva por título Libro de la evidencia, registro de los inicios y eventos de los días de los árabes, persas y bereberes y sus poderosos contemporáneos y en ella se ocupa, entre otras muchas cosas, de las dinámicas de los mercados y del frágil equilibrio entre las rentas y los impuestos. Pues bien, Abenjaldún no sólo anticipa lo que luego describió Laffer, sino que narra con mucha gracia cómo los bereberes tunecinos abandonaban el comercio en las ciudades a nada que los recaudadores les imponían unas alcábalas que ellos considerasen abusivas. “Se dan la media vuelta”, dice Abenjaldún, “y regresan al desierto a comerciar entre ellos y con quienes les busquen, fuera del alcance de los alguaciles y cadíes que administran las bien muradas ciudades protegidas por los jerifes”. Y esto es lo que nos ocurre a los españoles, que mucho antes de entrar en la curva de Laffer, en cuanto oímos que nos van a subir los impuestos, nos da por pensar que los jerifes del gobierno nos guindan un dinero que es muy nuestro, un dinero con el que podríamos ampliar nuestro negocio, comprar jamón del bueno, o agasajar a la parienta; y nos entra la pez negra, porque vemos que el Estado arrambla con lo que he obtenido con mi trabajo, con mi creatividad, o con mi esfuerzo y se lo gasta en financiar la "implementación" de algún programa keynesiano, tipo Plan E, por ejemplo, que nos deja un centón de obras inútiles, una deuda inasumible y un millar de fotos de políticos sonrientes. Y mucho antes de que Locke nos lo fundamente, o de que Laffer se lo huela, los españoles damos en la flor de pensar que el dinero de los impuestos es muy de cada cuál, y como tal, estaría mejor en nuestros bolsillos particulares, y no en un Tesoro Público que “implementa” majaderías faraónicas; o que abre institutos donde se olvida el latín y se enseña el parchís; o que se dedica a financiar películas que no ve nadie, ni por nadie pasen; o que mantiene facultades sin alumnos, aeropuertos sin aviones, o Senados sin sentido. Y llegados a este punto, nos ponemos bereberes perdidos, nos damos la media vuelta y decimos aquello que seguro que ya andan oyendo todos ustedes por ahí de “a mí no me vengas con facturas”; o “esto se hace en B, o no se hace”. Y lo que está claro es que así no vamos bien, y por ahí no se sale de la crisis, sino todo lo contrario, por ahí se vuelve al desierto a comerciar con la leche de las camellas, como bien sabía Abenjaldún, y eso ya no es vida para nadie, créanme.

[Este post ha sido publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el día de Todos los Santos del año del Señor 2012] 

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