Neopatria


     Adrianópolis, 1305. Miguel Paleólogo, Príncipe Heredero del Imperio de Oriente, ha invitado a un banquete a Roger de Flor, el comandante en jefe de la Compañía Catalana, los famosos Almogávares. Rutger de Flor, o Roger von Blume, es hijo de un halconero del Emperador de Occidente, Federico II Hohenstaufen y de una burguesa italiana. Nacido en Brindisi, Roger sabe que su patria no es Cataluña, ni Aragón, ni desde luego Italia, sino aquella que le brinde su propia ambición, que es infinita. Hoy respira la brisa marina que le trae la tarde y el dulce aliento de la vanidad cumplida: sabe que en Bizancio lo temen y lo reverencian todos, incluido el propio Emperador, quien le ha otorgado los títulos de Megaduque e incluso el de César, en agradecimiento por sus servicios y los de sus tropas.

Una página de la Crónica de Ramón Muntaner en la que se describen los gritos de los Almogávares


     Atrás quedan los gritos de la guerra ("¡Desperta Ferro!" "¡Aragó, Aragó!"), el olor de la sangre vencida, el silbido de las hondas, el crujido de los cráneos machacados con las pesadas mazas catalanas. Jamás el Mediterráneo había conocido una tropa tan enloquecida, ni tan eficaz. Formada por menos de 6.000 hombres muy pobremente equipados (apenas un millar de ellos montaba a caballo), la compañía de Roger de Flor expulsó a los genoveses de Constantinopla y libró tres memorables batallas contra los turcos, siempre al servicio del Emperador Andrónico y siempre en notoria inferioridad numérica y material: en la primera, dieron muerte a 13.000 enemigos; en la segunda, a 20.000; en un tercer enfrentamiento, los turcos escitas se presentaron mucho mejor preparados y casi todos ellos montados a caballo..., y en su huida dejaron atrás nada menos que 18.000 muertos. En algo menos de dos años los almogávares limpiaron de turcos la Anatolia, sin lamentar apenas baja alguna entre sus tropas, y no hubo alma en el Imperio que no cantara aterrada la gloria furibunda de estos sucios demonios catalanes que incendiaban los campos en los que batallaban con el horrísono chirrido de sus azconas.
     La guerra ya está cumplida. El banquete que hoy celebran en su honor ha de marcar el inicio de una nueva vida. Ya no librará más batallas que las que le presenten los funcionarios y las concubinas de la corte; es la hora de enfundar el hacha y de afilar la astucia. Su victoria última ha de ser la fundación de una dinastía capaz de desafiar al Emperador de la Nueva Roma, que es un hombre débil y amanerado, siempre envuelto en una nube de incienso y eunucos. Roger sabe que no debe demorar muchos días el golpe de gracia que le arrebate la herencia a su anfitrión, a Miguel Paleólogo, quien lleva meses leyendo la ambición en los ojos de Roger.
    Pero no será esta noche. Los perfumes del palacio son densos, relajan los miembros y limpian la mente de malos pensamientos; los anfitriones griegos son generosos y la sala rebosa de manjares suculentos y mujeres voluptuosas; a las dos horas de iniciada la fiesta, los oficiales aragoneses y catalanes disfrutan de la embriaguez del vino de la victoria y aún llegan nuevos platos de las cocinas. A una señal imperceptible del Príncipe Miguel, uno de los eunucos deja entrar en la sala a una selecta tropa de mercenarios alanos y turcopoles. En apenas unos segundos, Roger y sus hombres son degollados, en plena borrachera, sin tiempo de percatarse del horror, del engaño, de la facilidad con que los derrotan, al cabo de tanta victoria.
     El Emperador Andrónico, entretanto, tiene previsto dirigir el grueso de sus tropas leales a Galípoli, donde Roger ha acuartelado a sus Almogávares. Cuenta con liquidarlos con facilidad, ahora que no disponen de oficiales que los dirijan. Sin embargo, los almogávares resisten la embestida de las tropas bizantinas, ponen en fuga a sus mercenarios, asesinan a la totalidad de los ciudadanos de Galípoli, aguijoneados por la muerte de sus capitanes, y se dirigen hacia el Este, en lo que se ha denominado la marcha de la venganza catalana.
     Camino del Peloponeso, arrasan el Monte Santo, las llanuras de Macedonia y los campos de Tesalia. Entran en Atenas, asesinan a todos los varones de la ciudad, violan a sus mujeres e izan su pendón en la Acrópolis, sobre la ciudad bañada en sangre, en el acto fundacional de su nueva patria catalana, a la que denominan el Ducado de Atenas y Neopatria. Nadie sabe con certeza cuántos fueron los muertos de esta Marcha de la Venganza, pero ninguna fuente baja de los 40.000 degollados. Suficientes, en todo caso, para fundar una patria como Dios manda.
     Nunca unos catalanes han estado más cerca de contar con una patria propia. Nunca tampoco los griegos se vieron peor gobernados, y así lo narran aún sus libros de historia. El Ducado de Atenas y Neopatria nació y murió como vasallo dependiente de la corona de Aragón; pero, en realidad, actuó con total autonomía a la hora de imponer un gobierno desquiciado, que duró tres generaciones.
     Es en Estives, en 1379, donde otro español, don Juan de Urtubia, vasallo que fuera de doña Juana de Sicilia, pone fin a esta pesadilla sangrienta de autonomía catalana, al frente de una compañía de navarros, ansiosos también por fundar un imperio propio, ante los ojos atónitos y aterrados de los campesinos tebanos, que ven cómo dos ejércitos de origen hispano se masacran lejos de su patria, a sangre y fuego, junto a los templos de los viejos dioses helenos, bajo banderas indescifrables, movidos por rencores de perfiles difusos, sin más luz en el alma que la que mana del resentimiento rancio que se trajeron de unas patrias lejanas, enfebrecidos todos por ambiciones sin alma y sin Dios, en una aventura estúpida de odios, sangre, blasones y nada.

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