Juliano en la Galia


     A principios del verano de 363, el Emperador Juliano nota en la epidermis del alma que la campaña contra los persas se encuentra al borde del fracaso, con sus legiones aisladas e incapaces de tomar Ctesifonte, joya preciada del Rey Sapor y terminus ad quem de la estrategia diseñada meses antes en Antioquía por Juliano y sus oficiales más amados, eso que hoy llamaríamos el Estado Mayor. La situación es desesperada y eso envalentona a los enemigos, que se atreven a desafiar a las legiones romanas exhibiendo una osadía que hubiera sido impensable en otras épocas. El 26 de junio el campamento romano se despierta bajo el ataque de las tropas aliadas de los persas, que aprovechan la primera luz de la mañana para hostigar a los romanos. Juliano se tira del lecho, ciñe su espada, empuña el pilum, monta su caballo y se lanza contra el enemigo, sin haber vestido siquiera la armadura, y sin esperar a sus tropas ni tan siquiera a su escolta, que llegó a tiempo para sacarle del campo de batalla con una lanza sarracena colgándole del hígado, y con las fuerzas justas para convocar a su tienda a los filósofos que lo acompañaban a todas partes, y que fueron quienes asistieron a su muerte, ajeno a la guerra, ocupado tan sólo de dialogar con y sobre las ideas; como en su día muriera Sócrates, como debería morir cualquier filósofo de cualquier siglo, de todas las patrias y de ninguna.

San Mercurio matando a Juliano el Apóstata.
Icono presente en la Iglesia de San Mercurio, en El Cairo


     Resulta difícil resistirse al halo poético que envuelve la figura de Juliano el Apóstata: Amiano Marcelino, Teodoreto, Gibbon, Algernon Swinburne, Henrik Ibsen, Gore Vidal… la nómina de historiadores, poetas, pintores, novelistas y letraheridos, en general, que se han dejado fascinar por este emperador es prácticamente inagotable y sería tarea de una vida asomarse a toda la bibliografía, digamos, “científica” que desarrolla diferentes aspectos de su vida, su política, sus campañas militares, su modo de organizar económicamente el Imperio..., lo cual resulta sumamente paradójico si tenemos en cuenta que su principado no duró más allá del año y medio, que no fue un reformista particularmente notorio y que todos sus afanes políticos y militares terminaron en un rotundo fracaso. 
     Es más, a poco que raspemos la corteza “romántica” que tiene la vuelta al culto de los viejos dioses paganos, el legado cultural y filosófico de Juliano (se le tiene por uno de esos benignos emperadores filósofos) tuvo más sombras que luces. Es cierto que los años de juventud que pasó en Atenas imprimieron en su alma una profunda pasión por los mitos y ritos protagonizados por los viejos dioses paganos, así como por todas las expresiones literarias y filosóficas propias del helenismo. Pero, a la hora de la verdad, Juliano orientó su pensamiento hacia una forma particularmente petarda de neoplatonismo, representada por Máximo de Éfeso, un charlatán de feria que mezclaba la mistagogía con trucos de prestidigitador en los que las antorchas ardían de forma espontánea y las estatuas de los dioses sonreían vivarachas a un joven Juliano, quien consideraba todo aquello como milagros ciertos y signos evidentes del poder del panteón heleno y del fracaso del dios crucificado de la religión de los galileos. Y si bien es cierto que su apostasía del cristianismo se resolvió en una Religión Oficial imbuida de una tolerancia insólita en aquel momento del Imperio, no lo es menos que su vida religiosa personal pareció centrarse en una obsesión morbosa y adictiva en los sacrificios animales, que provocaría el rechazo de esta época nuestra tan delicada de los nervios y tan cuidadosa de nuestras relaciones con el reino animal.
     Y sin embargo…, lo cierto es que en Juliano conviven una serie de rasgos biográficos y de carácter que despiertan de forma natural la simpatía de todos cuantos se acercan a su persona: su notorio desaliño; la barba (rala, descuidada y caprina) con que exteriorizaba su amor por la filosofía; su desgarbada presencia física, que contrastaba con su decidido valor en el campo de batalla; su exacerbado amor por la literatura, que choca amargamente con sus escasas dotes como escritor y sus nulas cualidades oratorias; su desgalichada formalidad en los asuntos cortesanos, y la muerte de gran guerrero y gran filósofo con la que iniciábamos esta entrada son, sin duda, los más conocidos y destacados por los historiadores.
     Permítanme, también, que cite algunos otros más descuidados por la historiografía oficial, y que pueden contribuir a despertar la amistad (histórica) de mis lectores por este emperador tan ensimismado siempre; tan cabal en lo administrativo y tan insensato en todo lo demás; tan denostado por los apologetas cristianos (tan antipáticos en todo, los pobres); tan chiquitajo, tan buen guerrero y tan ingenuo en su concepción global del Imperio. Me resulta conmovedor el chiquillo que se educa entre obispos y pedagogos, y que se refugia en el estudio de los clásicos para huir del despiadado acoso político que se llevó por delante a la práctica totalidad de su familia. Me embelesa, por encima de todo, el Juliano que dirigió la campaña contra los sajones y los alamanes desde la frontera del Rin, en la Galia: un Juliano astuto y cordial, que gustaba de invitar a cenar a los líderes de sus tribus enemigas, para estudiarlos de cerca; un general minucioso que participaba en cada una de las las pequeñas escaramuzas diseñadas por él mismo y destinadas a minar la economía de la población enemiga. Admiro al Juliano que supo ganarse a las comunidades de la Galia con su decidida lucha contra la corrupción económica del Aparato de Estado que gobernaba la provincia, y, sobre todo, con sus sucesivas y drásticas reducciones de impuestos, muy en contra de la opinión de su Prefecto del Pretorio (algo así como el Ministro de Hacienda de la provincia). Me resulta encantador el Juliano que se deja aclamar como Emperador Augusto en lo alto de un viejo escudo, al modo de los viejos reyes galos, y que utiliza como corona lo que le viene más a mano: un sencillo adorno de hierro (torques) que portaba uno de sus soldados. Me sabe a gloria el Emperador obsesionado con reducir el tamaño, el poder y el boato de su corte. 
     En fin, sabemos bastantes cosas de Juliano, muchas más que de cualquier otro emperador  romano de su siglo, del anterior y de los siguientes, lo cual supone, sin duda, una gran fortuna historiográfica; porque el Imperio Romano del siglo IV constituye una muy pobre fuente de inspiración en todos los sentidos; salvo en todo lo que rodea a Juliano, donde las generaciones de todos los tiempos siempre van a encontrar una fuente joven y permanentemente renovada de virtud ética y coraje político.

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