El placer de lo terrible

     Europa descubre los placeres de lo terrible al rebufo de la ola del Romanticismo y embarcada en la nave fantástica de eso que damos en llamar “Literatura Gótica”. Los vampiros, las ánimas malditas, los licántropos, la Muerte, el mismísimo Satanás… se convierten en motivo para inventar historias ambientadas en abadías abandonadas, castillos poblados por memorias amargas, cementerios umbríos…; dirigidas a un público al que se le quiere hacer vivir el estremecimiento de lo terrible y enseñarle a disfrutar con ello. Un placer incomparablemente más complejo y difícil que el que se llega a obtener al escuchar o leer la narración de una batalla, o una desventura amorosa, por ejemplo. De ahí que nuestra cultura no arribase al género gótico hasta su eclosión romántica, cuando todo estaba  ya cantado y contado, y para encontrar un argumento nuevo había que irse al más allá.
     Oriente, sin embargo, llevaba milenios disfrutando de esos malos ratos tan buenos que nos da el miedo. En el siglo V antes de Cristo Confucio se muestra harto de este género y se refiere a él en los siguientes términos: “Conviene respetar a los fantasmas y a los dioses; y alejarse de ellos.” Sabio consejo; prudente, al menos, como corresponde. Quince siglos más tarde, el erudito Zhuxi dirigió un escrito al Emperador Song para que persiguiera, capturara y torturara con primor a los urdidores de historias protagonizadas por espíritus, por cuanto sólo sirven para agitar las mentes de los súbditos y alejarles de sus obligaciones hacia el Emperador. Pero hubo que esperar diez siglos más, exactamente hasta octubre de 2007, a que las autoridades culturales del Partido Comunista Chino escuchasen las razones de Zhuxi y prohibieran taxativamente este tipo de literatura, buscando el bien de los camaradas obreros. 
Ilustración de Toshio Saeki inspirada en un cuento de Rampo

     En Japón se cuidan menos de los obreros y todavía son muy populares las historias de fantasmas, tanto o más que lo fueron en China y por influencia suya. El público japonés es un gourmet de lo terrible, y distingue y disfruta mil matices de placer provocados por el terror. Quien ha visto una película de miedo japonesa no la olvida. Karuto (traducida como Cult), por ejemplo, escrita y dirigida por Kôji Hiraishi, pondría los pelos de punta al mayordomo del Conde Drácula;  El Club del Suicidio, de Sion Sono, es una obra maestra entre lo policiaco, lo sobrenatural y lo gore; y qué les voy a decir de Ringu, de Hideo Nakata, que para muchos es la mejor película de terror de todos los tiempos.
     Les vengo a contar esto porque les quiero recomendar a un escritor: Taro Hirai (1894 - 1965), más conocido como “Edogawa Rampo”, que es como se lee a la japonesa “Edgar Allan Poe”, de ahí que la crítica internacional se refiera a él como “El Poe japonés”, aunque les aseguro que sus obras son más perversas, más hondas y más terribles que las del autor americano.
     Edogawa Rampo se convirtió en el sensei, el maestro guía de todos los escritores japoneses de género policiaco del siglo XX tras escribir una serie de cuentos de misterio absolutamente escalofriantes, no tanto porque recurra a monstruos o fantasmas, digamos, externos, sino porque escarba en nuestros monstruos y fantasmas internos, que son los peores. Los protagonistas de los cuentos de Rampo son criminales morbosos en los que podemos reconocer a nuestro hijo; mujeres que arden en unos deseos monstruosos, que son los nuestros; sujetos feos y deformes que odian con un rencor que comparte filo con nuestra alma. Leer a Edogawa es conocerse y aterrarse. Nada en sus cuentos resulta edificante, ni ajeno. Ni una sola línea escrita por él, bendito sea, se puede aprovechar para un manual de Educación para la Ciudadanía.
     Quienes sí le han sabido sacar punta a su relatos han sido los creadores que se mueven en ese subgénero de lo erótico que es el Hentai. Si quieren saber más de este feo asunto, fatiguen el Google y busquen todo lo que encuentren de Toshio Saeki, un artista que pinta minuciosamente unas pesadillas exquisitamente horribles, muchas de las cuales se inspiran en la obra de Edogawa. Y a mí no me pregunten nada más, porque hace ya unas cuantas líneas que mis vecinos han prohibido a sus esposas que se suban conmigo en el ascensor.

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 4 de octubre de 2014, de la serie Los placeres y los días. 

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