Cobardes

     Leer a Montaigne es compartir el alma con un hombre amigable, de razón templada por la duda y de expresión sencilla, clara y dulce. Por eso sorprende la contundencia de la prosa con que compone el primero de los ensayos que dedicó a la cobardía (Libro I, cap. XVI), cuyo título no deja dudas: "Del castigo de la cobardía", una especie de proclama en la que convoca a los príncipes de Europa para que dicten, sentencien y ejecuten las más severas penas contra los cobardes. Tanta o más fuerza contiene la prosa con que escribe el otro ensayo (Libro II, cap. XXVII) que dedica al mismo asunto, cuyo título lo clava: “La cobardía es la madre de la crueldad", una máxima que nadie podrá atribuir nunca a Paulo Coelho, ni a los nenicos de la Complu, ni al Papa peronista, ni a ninguno de los héroes del pensamiento contemporáneo, porque resulta demasiado indigesta para los melindres conceptuales de nuestro tiempo.

     Más extravagantes aún resuenan los versos de Homero, cuya ética de bronce mide el valor de los guerreros por la tenacidad con que defienden a los compañeros y por el ardor con que pelean por las armas de los vencidos. Aquí estoy yo, rodeado de mis amigos, a quienes defiendo con mis manos homicidas y me cobro la fatiga en gloria y con las armas de cuantos he matado por mi mano; así se presentan los héroes de Homero, y con eso sólo fundamentan su fama y reinan sobre los hombres.
     Carondas, discípulo de Pitágoras, legisló con buen espíritu sobre las colonias calcídicas y llamó la atención de los suyos sobre la cobardía cívica, un vicio distinto del que compromete el honor del soldado que rehuye el combate, pero igual de insidioso. A estos cobardes del día a día les reservó en sus leyes la condena de verse expuestos a la vergüenza pública vestidos con ropa de mujer durante tres jornadas.
     A vueltas andaba con estas razones al rebufo de los atentados del terrorismo islamista en París, y de cómo el Miedo se ha erigido en el amo de Occidente y se pasea por las tertulias, por los telediarios, por las columnas de opinión, por los chistes, por las redes sociales y, sobre todo, por los despachos de nuestros príncipes, gallineros dominados por el temor a los atentados, a la oposición, a los intelectuales (que son los más miedosos), a los periodistas, a las encuestas y, por encima de todo, a los compañeros de partido, que son igual de miedosos pero los más hijos de puta, porque lo son de un modo íntimo y entrañable. La gente vive convencida de que los que mandan son unos seres poderosos que escriben la historia animados por cognac del caro y envueltos en la nube empachosa del humo de los habanos; pero llevamos mucho tiempo gobernados por el Miedo, que dicta sus resoluciones a unos eunucos que ni beben ni fuman por si el mal aliento los saca de las listas.
     El gobierno de los capados no es, desde luego, costumbre nueva. En su Decline and Fall of Roman Empire, Gibbon señala que la introducción de los eunucos en el gobierno y administración de los estados ha sido una de las causas principales de la decadencia de las dinastías en la India, Persia, China y, por supuesto, en el Imperio Romano, y diagnostica la causa del mal sin permitirse el menor pelo en la lengua: “El rencor y el menosprecio que siempre manifestaron los hombres contra esta especie imperfecta parece que ha redundado en mayor bastardía suya, imposibilitándoles abrigar ningún afecto honorable.”
     Tampoco los señoritos de la Cultura somos hijos de mejores madres, aunque nos creamos los más machos de todas las burras de Córdoba. El público vive convencido de que las películas, los versos y las acuarelas son obras libres de creadores libérrimos que no se inclinan más que ante la Musa del Amor Libre; y no saben que el Miedo desconcatena las metáforas, plagia los temas, desnutre a las modelos, lima los chistes y desbrava los guiones de una industria cinematográfica que reclama subvenciones a cambio de manifestarse contra Occidente.
     Vivimos en un mundo de cobardes, irresponsables, anoréxicos e indignos, que todo es uno y lo mismo; aunque ya no es menester capar a nadie; porque, al cabo, la misma falta de uso marchita por sí sola las braguetas del alma.

Artículo publicado en el diario La Opinión, de Murcia, el 17 de enero de 2015

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