El coltellino, la cabra y Bach

     La edad, entre otras miserias, emborrona la voz con vibratos y trémolos cansinos que, de no pulirse, convierten el canto en un artificio falso que recuerda a una oveja en trance de parir; pese a lo cual, en España es tenido como virtud y cada vez se extiende más entre los cantantes que se resisten a jubilarse. El límite conocido en la escena española se encuentra en Serrat, a quien tanto queremos porque es un trovador y un juglar y un poeta; pero lleva ya años con la voz engalanada de balidos que me traen añoranzas de la cabra Margarita, un animal al que queríamos mucho también los críos de mi barrio, pero no precisamente por sus cualidades musicales. La cabra Margarita formaba parte de un compañía menesterosa de circo callejero que recorría el Rastro madrileño rodeada siempre por una nube de carteristas que ejercían su oficio con dedos de clavicembalista. La estrella más rutilante de la compañía era una gitana descarada que respondía al nombre artístico de “La Señorita Bisagras”, de quien recuerdo vagamente que se le veían las bragas si contemplabas su número sentado en el suelo, y poco más. La cabra Margarita, en su turno, subía ella sola a una escalerilla, se alzaba con las cuatro pezuñas sobre un poyo mínimo, daba tres vueltas, bajaba, balaba como Serrat y se dejaba enguilar por un mandril rijoso al que llamaban Salomón, y esa fue toda la educación sexual a la que tuve acceso mientras mi padre ahorraba para un Seat 600 que no terminó de llegar nunca, pero esa es una historia íntima y melancólica que puede servir para explicar las cojeras de mi espíritu; pero no nos dice nada de la música, que es un arte que colma el mundo de sentido y de alegría. El buen canto, que es a lo que voy, no exige registros muy amplios, pero sí afinación y limpieza; de ahí el gusto por las voces blancas que se desarrolló en el Barroco, que fue el único siglo en el que los grandes compositores alcanzaron la popularidad, al menos en Inglaterra, Alemania e Italia, donde la pasión por las voces inmaculadas llegó al extremo de castrar a centenares de miles de niños, que mantenían así la pureza de su voz. “¡Evviva il coltellino!” (¡Viva el cuchillito!), coreaban los aficionados a las óperas para aclamar la nitidez y el prodigio sonoro de los castrati; pero es que los italianos han sido siempre mucho más considerados con la Belleza que con las personas, y así tienen un país precioso y lleno de sastres finísimos que trabajan para la mafia.
Grabado del siglo XVIII que explica el procedimiento para "crear" un castrato

     Los alemanes, sin embargo, tienen otro carácter más serio, más de vérselas cara a cara con un Dios que no perdona que le capen a los monaguillos, y por eso la música allí se compuso para que la cantasen coros de niños, claro, y también de adultos con la voz entera, quienes se esforzaban por cantar con la limpieza de los críos. Para quienes quieran escuchar hoy una voz educada en esta técnica, prueben con Emma Kirkby, una soprano inglesa que ha desarrollado un timbre limpio, sin paso, sin vibratos, sin glissandos, una voz que evoca a los ángeles y el rocío y la luz recién creada y la nieve virgen y las estrellas… ¡Vaya si me gusta la Kirkby!
     Más difícil es escuchar repertorio barroco en el que los coros sean de voces blancas. En España, imposible: el nuestro es un país cuyo educación musical nos llega justa para aplaudir con arrobo a las viejas de ambos sexos que cantan como las cabras o como Serrat. Para escuchar esta música y este modo de interpretarla hay que acudir a grabaciones inglesas, holandesas, austriacas o alemanas.
     Por elegir una, regálense la integral de las cantatas de J. S. Bach que prepararon Gustav Leonhart y Nikolaus Harnoncourt. Escuchen, sobre todo, las Osterkantaten que grabaron para el sello Das Alte Werk, interpretada por niños de voz cristalina, amplia y templada a la austriaca; los instrumentos son históricos y suavizan su acidez empastando a la perfección con las voces humanas; y todo allí suena claro, recto, dulce y emocionante, como quiso que sonara Bach, que es justo del modo contrario a como la cabra Margarita, que en paz descanse, llamaba a su mandril favorito y bien amado.

Artículo publicado en el diario La Opinión, de Murcia, el 3 de enero de 2015

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