El oficio de Aristóteles

Andan los griegos contentos, sin que sirva de precedente, porque parecen haber dado en Estagira con los restos del mausoleo de Aristóteles, quien, a mi desgalichado criterio, es el filósofo más grande que ha conocido la Civilización. A los griegos les alegra esto porque se imaginan que hay un cierto tipo de turista culturalmente heróico que arrastra su mochila bajo un sol de justicia con tal de contemplar una cochambre arqueológica imbuida del carisma que le puedan prestar las reliquias de un filósofo; y ojalá no se equivoquen, aunque yo tengo mis dudas. Dice la copla que son malos tiempos para la lírica, pero se queja de vicio, porque hoy día es poeta Agamenón y su porquero. La Filosofía, no la lírica, sí que soporta unos tiempos bien jodidos; o vive sus horas más infraleves, si lo prefieren. El intelecto moderno se apaña con tres emoticonos donde antes reclamaba una fundamentación de la metafísica de las costumbres, y así no hay manera de que los filósofos puedan presumir de oficio delante de la suegra.
     Con diecisete años, Aristóteles ya era médico, pero eso no colmaba su talento, ni la ambición de su padre, ni los planes de su rey, el gran Filipo de Macedonia, y por eso viajó a Atenas donde dedicó veinte años de su vida a estudiar a la sombra estricta del divino Platón y habilitarse en la excelencia de carácter que permite predecir el ir y venir de los planetas; conocer las partes de los animales y los mensajes de los sueños; comparar las distintas formas de gobierno; distinguir la tragedia de la historia, la demostración de la persuasión, la ciencia de la prudencia y el mito del logos; compartir con los amigos un ideal de vida plena; practicar la virtud; indagar las causas primeras y las últimas, y, llegado el caso, mirarle a Dios a la cara y pedirle cuentas por Todo.
Aristóteles y Alejandro, de Charles Laplan

     El oficio de Aristóteles era el más exigente, el más fascinante y el más reconocido, también. Los griegos admiraban y escuchaban a sus filósofos, en mucha mayor medida de lo que lo ha hecho pueblo alguno jamás; y precisamente por eso la Filosofía se convirtió en un oficio peligroso. Los atenienses condenaron a muerte a Sócrates y expulsaron de su ciudad a muchos otros filósofos cuya influencia sentían y temían. Platón estuvo a punto de morir a manos del tirano de Siracusa, quien lo vendió como esclavo; y lo de Aristóteles da para una novela, que alguien escribirá algún día, no me cabe duda alguna.
     Cumplida su formación en la Academia, Aristóteles volvió a su patria, a Macedonia, donde se ocupó de la formación del joven príncipe Alejandro, momento a partir del cual se vio perseguido y envuelto en una serie de intrigas y tramas en las que no faltaron espías, emperadores, reyes, dinastas y algún que otro politicastro sobornado por los persas, como Demóstenes, cuyo perfil populista y parlabarato parece extender su sombra hasta nuestros días. En medio de semejante zurriburri Aristóteles nunca abandonó el estudio de la Filosofía y encontró tiempo para cultivar con esmero la amistad con los mejores hombres de su tiempo. Tal fue el caso de Hermias, filósofo también, que murió crucificado por el ejercicio de su oficio, y cuyas últimas palabras resuenan en el corazón de todos los amantes de la sabiduría: “Anunciad a mis amigos y compañeros de estudios que nunca he hecho nada que pueda ofender mi dignidad ni la de la Filosofía.” O su sobrino Calístenes, buen filósofo, también, a quien Alejandro torturó minuciosamente, amputó de pies y manos, le arrancó los ojos, lo exhibió en una jaula y lo arrojó a las fieras, todo porque el muchacho le afeara la falta de sentido de la medida con que abordaba sus tareas de gobierno desde que derrotara al emperador de los persas. Años más tarde, Séneca se refería a este asesinato en estos términos: “Cada vez que alguien recuerde la grandeza de Alejandro, se objetará: ‘pero mató a Calístenes.’ Poco importa que haya superado la gesta de todos los capitanes anteriores: ninguna de sus empresas podrá ser tan grande como la atrocidad de este crimen.”
     Aristóteles sufrió el desgarro de saber que su querido sobrino Calístenes había sido masacrado por su igualmente querido discípulo Alejandro. Se supo abandonado por sus compatriotas macedonios y sentía en su piel el odio de los antimacedonios. Marchó al exilio, se instaló en Eubea, arregló sus asuntos y se administró un veneno indoloro a base de uva lupina. En su testamento, como en su vida, procuró el bien de su mujer, de su hijo y de sus amigos, un puñado de hombres dignos cuya vida honraba la Filosofía. Sin duda, alguien debería cuidar de su tumba y depositar sobre ella las flores más hermosas.


Artículo publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el día 4 de junio de 2016

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