La Forja y el Martini

A Diego "El Rubio", porque es 'distinto'

     Me confieso devoto de la estricta observancia de lo exquisito que se respeta en la poética de José María Álvarez. ¡Cómo no sentirse agradecido a unos versos que te introducen en las fiestas más exclusivas de la aristocracia del saber! La literatura y la concepción del mundo general de Álvarez son repujadamente elitistas palabra por palabra, y eso es algo de lo que el poeta hace alarde y que a mí me parece de una saludable y refrescante altanería intelectual. Llevamos décadas hablando de Rafael Alberti como si fuese una cima poética, y eso nos ha llevado a confundir la Eneida con un romance de ciego, o a Madonna con Johan Sebastian Bach, y conviene tener claro que no son lo mismo. Tan no lo son, que cuando Platón se ocupa de la Belleza en el Hipias Mayor, se ve obligado a flotar sobre un océano de incertidumbres con una sola certeza, que más bien es un enigma: “Lo Bello es amigo de lo Bueno, y lo Bueno es Difícil”. El último poemario de Álvarez, Como la luz de la luna en un martini, afronta el reto platónico y ofrece un ramo denso de hermosas referencias librescas y vitales que embrujan al lector para ir más allá del libro y seguir leyendo, contemplando y viviendo, tras las estimulantes huellas intelectuales de este cartagenero universal.
     Y no sólo eso, sino que los planteamientos éticos (lo Bueno) de Álvarez son tan firmes, tan duros y tan irrenunciables que uno se siente sometido a eso que la tradición denominaba “La Forja del Carácter”, imagen con que los antiguos se referían al proceso de adquisición de las denominadas Artes Liberales, un conjunto de disciplinas propias de los hombres libres, justa y precisamente porque su práctica y su conocimiento nos libera del verraco y del asno que todos llevamos en nuestro interior. 
Miniatura de una edición flamenca del Roman de la Rose, del siglo XV. Actualmente se custodia en la Biblioteca Británica, Harley MS 4425

     Cuento todo esto, porque he sobrevivido al verano merced a Como la luz de la luna en un martini, entre otros placeres del Espíritu, y también porque septiembre es el mes de la vuelta al cole y tengo a mis amigos profesores con el alma ensombrecida por la pena de ver su oficio, que es el mío, arrasado por la ramplonería estética, el vacío intelectual y la estupidez moral impuestos por una inquisición pedagógica que obliga a besuquear al verraco y a encajar las coces de los asnos, y esos no son modos, y así está la muchachada, que por nadie pase, y así están los profesores, con el alma hundida en un río muerto en cuyo fango se ahoga nuestro tiempo.
     Claro que igual no hay que ponerse tan tremendo. Johan Sebastian Bach, al que citábamos antes, no sólo fue el más grande de los músicos que ha conocido la humanidad, sino un padre sabio, dulce y estricto para sus hijos, a quienes enseñó a temperar el clave en sus rodillas. Pues bien, conociendo como conocía perfectamente las cualidades morales y musicales de cada uno de ellos, solía decir de Johann Christian, uno de los más jóvenes, que pese a su genio indócil, a la facilidad con que se distraía, y a su escaso talento musical, contaba con un carácter seductor que le granjearían la fama y la riqueza, y así fue. Las óperas de Johann Christian Bach triunfaron en Londres,  nada menos, una metrópolis brillante e ilustrada, con un público exigente y bien formado para la alta música, y muy en especial para el Bel Canto.

     De modo que si vemos que nadie forja el carácter de nuestros nenes, no es menester tampoco que nos rasguemos las vestiduras. En todo tiempo ha prevalecido lo sexi sobre lo bien templado, y la Fortuna ha repartido siempre sus favores con la ligereza y el capricho de un niño inocente y cruel. Frecuenten, eso sí, los profesores los buenos libros, pues la compañía de los clásicos los mantendrá alegres y a salvo de la puerilización que atontolina nuestra profesión. Y, sobre todo, no ensombrezcan su espíritu con esa jerga psicótica e indigna, esa lengua de Mordor con que se expresan los galligatos de la psicopedagogía. Bastante sombras tiene el mundo como para no disfrutar de la limpia y clara luz de la luna en el embriagador martini de un libro bueno, bello y difícil.

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 6 de septiembre de 2014, de la serie Los placeres y los días.

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