La peluquería de San Pablo

A Fatou y a Maribel, Reinas de África en la Biblioteca Regional 

     Mi idea del mestizaje hunde sus raíces en el arte con que mi madre gobernaba el cocido madrileño: una fiesta de tres vuelcos, encurtidos, vinagreta historiada y salsa de tomate, en la que convivían no menos de quince componentes, entre vegetales y animales, ninguno de los cuales era de Madrid. Endilgarse esa gloria patria y mestiza equivalía a vacunarse de por vida contra el solipsismo cultural. En ese espíritu, me parece una excelente noticia que el gobierno de Costa de Marfil haya puesto en marcha una campaña de fomento de la lectura en las peluquerías femeninas; porque mezclar los libros con el champú al huevo es una forma imaginativa y moderna de promover la Civilización entre las mujeres, que es donde mejor prospera. Y ya me embelesa en lo cercano que la Biblioteca Regional proyecte una imagen especular de esta campaña mediante la instalación de una peluquería africana en su vestíbulo; porque a esta institución acuden numerosos senegaleses, nigerianos, guineanos y magrebíes que encuentran en ella lectura, internet, información laboral, cursos de capacitación, y, sobre todo, un trato natural e inteligentemente acogedor que conviene hacer visible entre nuestros paisanos; para que sepan que lo negro no sólo es bello, sino que además lee poesía mientras se desenreda los rizos con un plis, momento que los españoles aprovechamos para enterarnos de por dónde avanza la depilación de la Pantoja.
     También es puro “mix” inteligente el que las editoriales busquen promocionarse rodeadas de pinturas y esculturas. En su Laocoonte (1766) Gotthold Ephraim Lessing historiaba la batalla inmemorial que libran la Poesía y las Bellas Artes; pero aquí en Murcia se ha firmado el armisticio y no hay escritor o editorial que no quiera presentar sus proyectos en los museos. Hace poco era La Fea Burguesía Ediciones. Días atrás le tocó a una editorial valenciana, Carena, quien acudió al MUBAM para presentar su catálogo al hilo de la aparición de los Pensamientos Urgentes de Mati Morata, una lectura deliciosa, chispeante, como escrita por un hada. Y en el mismo mes de junio la madrileña Ediciones Nowtilus se presentaba en el museo de la mano de Rafa Herrera y su Breve Historia de la Utopía, un magnífico ensayo, escrito con un gusto excepcional y de más que buen provecho para todo tipo de profesionales o diletantes del morbo filosófico.
     Los libros, y esto ya es como de cuento, también protagonizan la última y sorprendente idea expositiva que podemos disfrutar en el MUBAM. Se trata de un tapiz flamenco diseñado por Pieter Coecke Van Aelst, confeccionado en Bruselas en 1535 y que formó parte de la colección que vestía las habitaciones privadas de Enrique VIII, monarca muy sensible a las Bellas Artes y muy expeditivo a la hora de cambiar de pareja. El motivo del tapiz recoge una de las primeras crisis del mundo del libro, cual fue la quema de libros paganos a cargo de San Pablo. El de Tarso fue tan furibundo con la letra escrita porque nadie supo llevarle a una peluquería africana como la de nuestra Biblioteca Regional. Pero Enrique VIII quiso asociar su nombre al suyo, porque interpretaba que ambos regeneraron sin miramientos el mensaje evangélico, y para mí que se entendían porque los dos eran igual de tremebundos.

     Aunque mi intención de hoy no es enredarme en teologías, sino proponerles el placer de visitar la Biblioteca Regional y convivir con los africanos que se atusan el pelo mientras leen los libros que se libraron de la hoguera de San Pablo. No dejen escapar, tampoco, la ocasión que nos brinda el MUBAM de contemplar el bordado de Flandes en el que el de Tarso arremete contra el paganismo con el fuego ácido de su fe recién estrenada. Y piensen que cada uno de los personajes que allí aparecen bordados en oro y plata fueron testigos de cómo Enrique VIII legisló contra la sodomía con la pasión encendida de quien conoce a fondo la naturaleza del asunto; y que asistieron al fornicio, repudio y sentencia de varias reinas, una de ellas española; y, por fin, que escucharon la proclamación del Monarca como Cabeza de la Iglesia de Inglaterra, sin que nadie en Hampton Court, ni el mismísimo San Pablo, pusiera de manifiesto el menor atisbo de incongruencia moral. No me digan que no tiene peligro el dichoso tapiz flamenco; y se lo querían perder.

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 28 de junio de 2014, de la serie Los placeres y los días.

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