Piratas fungibles

     El último premio Azorín de novela, Ramón Pernas, ha recalado en Murcia para firmar/vender sus libros, y no ha dejado de pasar por la redacción del diario “La Opinión”, que Dios guarde, desde donde ha mantenido un chateo interesante con sus lectores. Pernas es un escritor aseado, que escribe y habla sensato, y se le ve al hombre muy preocupado por la piratería que campa a sus anchas por internet y que tanto lastra el negocio del libro en español. No se equivoca Pernas, porque el perroflautismo digital florece en nuestro solar patrio muy por encima de lo que lo hace en el resto de la Civilización, y está por ver si algún gestor cultural propone que esta nueva picaresca figure como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, cuando lo cierto y verdad es que es una calamidad que está comprometiendo muy seriamente el futuro y el presente de los intelectuales que pretenden vivir de sus ideas, lo cual introduce prácticas de clientelismo político y estrategias de meretriz en un oficio y una industria que otrora fue el Parnaso. De donde se deduce que la piratería digital nos lleva a un país en el que los mejores escritores chalanean con los peores concejales, y resulta difícil distinguir un mal polvo de una buena metáfora, lo cual es tan triste de cintura para arriba, como de cintura para abajo.


     Difícil cruzada la de Pernas, porque los piratas, con sus diez cañones por banda y todo aquello, despiertan las fantasías románticas del gran público, mientras que no conozco a nadie que se excite ante el IVA cultural. Tan es así que incluso un servidor siente la tentación de la vida pirata, por más que me precio de ser hombre de orden y firme defensor de los derechos de la propiedad intelectual. Supongo que será la impronta indeleble de La Isla del Tesoro lo que me ha llevado al empeño de engancharme a Black Sails, una serie televisiva protagonizada por piratas, que se anunciaba rigurosa en la ambientación, prolija en aventuras de sangre y liberal en las escenas de cama, virtudes estéticas que, a fuer de sencillas, reflejan las preferencias de mi corazón a la hora de gobernar el mando a distancia. Mas héteme aquí que me he tragado cuatro episodios y no salgo de mi melancolía: de momento, los piratas se pasan la vida en tierra, como los registradores de la propiedad; alguno hay que se peina con rastas, como si vinieran del entierro de Bob Marley; la principal querida del protagonista lee a Marco Aurelio, que es lo último que uno se espera de la barragana de un bucanero; han contratado a una patulea de niños que lucen todos churretones de hollín en la cara, como si en lugar de vivir en la orilla del mar, trabajaran en las minas de Cardiff; la marinería se enreda en diálogos farragosos propios de la teología bizantina, y, ya en la pínice del escupitajo sobre la historia, uno de los protagonistas luce gafas de sol de fino diseño italiano. Será mi mucha edad, pero lo único que me ha mantenido despierto en lo que llevo visto ha sido los lances de cama que entrelazan a una rubia de tetitas de nácar, con una mulata cuyos pies desnudos me recuerdan los caramelos de café con leche de la Viuda de Solano, y no descarto que en honor al amor que se profesan ambas mozas me vaya a tragar la serie entera, pues la carne es débil y de nada sirve ponerse numantino y menos con uno mismo.

     Antaño el mar conoció días de gloria y noches de fuego, cuando los bucaneros saqueaban los imponentes galeones de nuestra Armada y los suntuosos palacios de nuestra nobleza colonial; o cuando la expeditiva Infantería de Marina Española adornaba los árboles de la ensenada de la Isla de la Tortuga con cientos piratas desnarigados, desorejados y, por fin, ahorcados, para el escarmiento de las generaciones. Pero hoy los piratas son sanguijuelas fungibles que mangonean a músicos y poetas, ocultos tras el  velo romántico de un sueño sexi. Vivimos un siglo de valores fríos y épicas desleídas, y tal vez ése sea el precio del progreso.

Artículo publicado en el diario "La Opinión", de Murcia, el sábado 1 de junio de 2014, de la serie Los placeres y los días.

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